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j- MBIf í- -lí- V EIl s t W K. ¿g i V. TIERRA INGRATA Mugiendo la sirena, borbotando rin humo rojo y negro, con mar gruesa y con cielo amenazante arrancó el trasatlántico del puerto. Como el frío arreciaba, la cubierta abandonaron pronto los viajeros. Declinaba la tarde. La tierra fué perdiéndose á lo lejos. Entre la bruma gris, junto á la borda, u n grupo numeroso quedó olvidado, un grupo de emigrantes hacinados allí como un estorbo. Rendidos por el rudo balanceo, en doliente actitud callaban todos, buscando todavía la ya borrada costa con sus ojos. Hombres, mujeres, niños recostados en la dura madera, enflaquecidos por el hambre, humildes, con la triste humildad de la miseria, callaban; pero había en sus harapos restos de campesinas opulencias, honradez en sus rostros, y en su silencio u n trágico poema. DlliUJO DE REGIDO De repente xina voz vibrante y dura exclamó: ¡Tierra ingratal... -y u n viejo que por único equipaje tosco saquillo junto á sí llevaba, irguióse á medias, y en tensión los brazos, las manos por la cólera crispadas, á la invisible costa apostrofó con gesto de amenaza. Tierra ingrata que robas á tus hijos el sudor y la sangre (prosiguió aquella voz que por momentos iba siendo más dura y más vibrante) que nos niegas el pan y nos obligas á llamar con temor á otros hogares... aunque yo no lo haga, ¡Dios t e maldecirá por mala madre! En esto allá en la popa un marinero arrió la bandera y el viejo enmudeció. Luego en voz baja con acento impregnado de tristeza dijo á un mancebo: Escucha: en el saquillo va un puñado de tierra... Júrame que si muero en suelo extraño mis pobres huesos cubrirás con ella. RICARDO GII