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í S 05- hombre de hacerlo solo, -añadió, señalando á un gótico sarcófago sostenido por dos leones toscamente labrados y sobre el cual reposaba un paladín de granito, armado de punta en blanco, ceñudo, severo. Comenzaron á depositar el contrabando en el hueco del altar: á pocos viajes, quedaron acomodadas las dos terceras partes de las armas, hasta el borde. Clavaron otra vez los tableros, encajó el cura la piedra de ara, extendió el mantelillo, restableció en orden las sacras, los candeleros, el atril- -y aquí no ha pa, sado cosa alguna. -Ahora era preciso alzar la losa de la tumba de granito, interrumpir el sueno secular del paladín. Aplicáronse á ello los tres forzudos mocetones; arrancaron la argamasa, dura como mármol, y sirviéndose de trabucos á guisa de palanquetas, lograron desquiciar y alzar la losa, corriéndola á un lado. El cura retrocedió despavorido: en el fondo del sepulcro había huesos, cenizas guiñapos, polvo humano, -lo que restaba de aquel batallador, ¡lo que ha de restar de todos los hombres! -La idea de la profanación humedeció su frente con sudor frío; precipitadamente hizo la señal de la cruz. ¡De a iíello no podía salir cosa buena! Entretanto, los mocetones, sin criidarse de la suerte que corrían los despojos del valeroso caballero, acomodaban en la tumba el resto del depósito, -fusiles, escopetas, cartuchos, balas... -Al volver á colocar con violento esfuerzo la losa, preguntaron: ¿No habrá un poco de mezcla? -No... Dejarlo ahora así; yo le echaré la mezcla cuando esté solo y tenga tiempo... Hicieron desaparecer las últimas huellas de la misteriosa labor; apagaron los cirios; cruzaron el huerto; subieron á la salita de la rectoral- -y ni los lobos que les habían seguido de lejos echándoles unos ojos como brasas, devoran así. Engulleron todo- -el jamón curado de Dugo, el queso de San Simón, el pan de centeno, -y tres veces vieron el fondo del botellón de añejo vino. Rieron, contaron chascarrillos de cazadores, describieron plásticamente á la médica de Cebre, el mejor bocado en seis legua- s á la redonda, y sobre todo, evocaron las contingencias de un alzamiento ya inminente, la distribución y empleo de aquella ferranchinería escondida con tanta habilidad, que ni el mismo diaño... ¡Mal truco! ¡No tendría tiempo de comérsela el orín! ¡Ya sonaría, ya, manejada por quien sabemos! Estábamos en Nadal, ¿no? ¡Pues allá para Antruejo... lo más tarde! ¡A embromar al Gobierno y á la guardia civil! Hartos, semichispos aún, después de un sueño de cinco horas, -se marcharon á medio día con sil carrito, donde por disimular, por si les daban el alto, metieron cerro, habas secas, haces de paja. Sólo quedó el cura con el depósito. Sólo... y espantado. -Siempre que decía misa en el altar, relleno de armas, creía oír que se entrechocíiban, que el hierro hablaba, amenazaba, que las balas querían atravesar los tableros irradiando destrucción. Paciencia pensaba: esto, poco ha de durar: allá para Antruejo... Vinieron los gordos Carnavales, con su escolta de ollas tocineras y de Moas amarillas, vinieron la Semana Santa, la Pascua, el mes de María... y como si tal cosa; el país reposaba tranquilo. Estaba el cura lo mismo que si hubiese asesinado á alguien, enterrando el cadáver secretamente, y temiese á cada minuto que iban á descubrir el cuerpo. -No comía, ni dormía; en cada rostro pensaba leer que el secreto había transpirado que se cuchicheaba, que vendrían los civiles á registrar, que se le llevarían á él, ¡un sacerdote! atado codo con codo, sabe Dios á qué destierro, á qué presidio... ¡á qué consejo de guerra! Y corría el año, y volvía la nieve á poner monteritas blancas á los abruptos picos de la sierra; y del famoso alzamiento... ni indicios. No puedo vivir más con este embuchado resolvió el cura. Me volveré loco. En arranque repentino y febril, metió ropa en el cofre, se despidió de sus sobrinas, montó en la yegua, llegó á Marineda en tres jornadas, y el primer vapor de emigrantes que salió de la linda bahía acogió en su seno á un hombre que iba huyendo de un altar y de un sepulcro. DIBUJOS DE MÉNDEZ EMILIA P A R D O BAZÁN