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1. A Jas diez d e la ui: iñ, i rta, como de costumbre, se reunió la f, milia real en l a gal rn a d e Diana p a r a t o m a r el desayuno. Kc esperó al unos instantes á Luis Felipí, q u e lleiró sonriente, s e g u r o del triunfo d e los JilicTales, sus nuevos consejeros. Apenad se había sentado abriúíie con estTóp tcj u n a puerta, y s i n p r e i o a n u n c i o y sSu r e p a r a r en etit ueíns paEtieie íu! se presentaron dos de los rnj s ilamautes ministros, más q u e pálidos, i M d o s El d u q u e de Muutpensíer se levantó y se di. rigió hacia c os, y en pos s u o fueron el rev y la reina, -Señor- -dijo M. d e Rémusat; i ínora V. M. lo q u e sucede? Qué pasa? -prejjuntó el rey. -Aquí niismo, cii la plaza de la Concordia, á do. eicnloE pasos d e V, M, los soldados entregan s u s a r m a s y ios dragO n t ó rinden s u s sables. ¡Imposíble! -cxclamij Luis Felipe, b e ñ o r- -i i i t e r r m n p i í L Lanbesseinj- -lo hemos visto nosotrosP o r primera v e i llejíaba l a verdíid íí oídos del rey. N a d i e intento volver á la mesa. La reina intervino en el diálogo, y dijo á su eíiposo estas palabras: -Monta á caballo y nitiere en la Uicha si es preciso. Desde u n balcón d e Palacio t e contemplarán t u mujer y t u s hijo El rey obedeció; m o n t ó á caballo, revistó las tropas r e u n i d a s en el patio d e las Tullerías y escucbíi los vivas de ordciiaiiia. T- a reina y las princesas, desde u n a ventana, siguieron con l a vista s u s movinuentoíí, Él rey volvió p r o n t o á s u s liabitacioues, en donde le esperaba M, Thicrs, quien perdida la esperaniía que en su popularidad liabía puesto, pidió se le sustituvera con Üdílojí Barrot- E n el juoniento en que el m o n a r c a coffja l a pluma p a r a firmar el n u e v o nombramiento, s e p r e sentó en su despacho JI, Girardin. -jQu ¿va á escribir V, M, -dijo. -Voy t n o m b r a r á Barrot presidente del Cojisejo. -jEñ y a tarde! Luis Felipe le mir íisoTubrado; era la s e g u n d a VCÍ: que Kn bia oído pronunciar aquella m a ñ a n a esas tres palabras- -No se trata, señor- -anadió Girardin -de un cambio d e ministerio. HI pueblo pide la abdicación de V, M. y si V. íM. no abdica inmediatamente, dentro d e una hora t; e habrá derrumbado la Monarquía y h a b r á iucumbido Trancia. El rey dejó caer la pluma, y M, Girardin la recoB: ¡ó, la colocó d e nueví en ÍUS tnanos 6 insistió con estas jíalabras: Señor. un nií, nito de tardanzan y- todo se h a b r á perdido! -Hav q u e hacerlo por la salvación de Francia, -agrc ú el duíjuc de JMontpensier, -Sea. -coiitcs ó Luis Felipe, al propio tiempo q u e escribía su abdicacEóu en estos t t n n í n o s íAbdico en favor de mi nieto el conde d e l arís, y pido n n i o s ijue sea wilv- fclií: qut yo. Se propaló la noticia y tampoco produjo el efecto apetecido, v el rev ovó por tercera ve- que fi ya tm- de. I.o s s u sos se precjpil. irou rápidamente,