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Aún no blanqueaba el alba, anunciándola tan sólo vago reflejo cárdeno hacia el bosque, -cuando salió la mujerona, rebujada la cabeza en su mantelo de burel, haciendo saltar barro líquido ¡flac! ¡flac! de los charcos, al hincar en ellos las enormes zuecas. Cuando volvió, acompañada del curandero, que renegaba del tiempo- ¡vaya una invemía, vaya un perro llover! -á la puerta de la choza la esperaba el mayor de los pequeños, Juaniño, asustado, descalzo, manoteando. ¡Señora madre... que Augenio está al cabo! ¡Que ya no atiende cuando le gritan! La mujerona y el curandero se precipitaron; el interior de la choza parecía tenebroso á quien venía del exterior, de la claridad que ya empezaba á derramar un mustio amanecer de Noviembre, -y el mediquín encendió cerillas, y á la intermitente luz examinó al moribundo. Un gemido horrible, lento, rumiado, por decirlo así, salió de la fétida cama. ¡Ay Virgen de la Guía! ¡Ay San Mamed! -clamó la madre. ¡Es el estertor! ¡Está gunizando! -No, mujer, no; calle, no se desdiche, que va á descansar. X a voz del curandero fué como un conjuro. El gemi do se atenuó. Por la única ventana de la choza entró un rayo dorado del sol na cíente. L, os tres chicuelos asombrados y respetuosos, permanecían d e p i e mal despiertos, enredados l o s rubios rizos, sofocados aún los carrillos, luetido el indi ce en la boca. Esperaban el milagro que iba á realizarse, y sus aimitas candidas y nuevas se entreabrían para acoger el rocío de lo maravilloso. ¡Aquel señor regorr decho, de gabán de paño azul y gorra de cuadros verdes, podía curar á Eugenio! ¿Cómo, de qué manera? Por una. virtud... Eso, por una virtud... El caso es que iba á curarle. Eugenio no gemiría más; no tendría aquellas ansias tan grandísimas; cerraría los ojos y dormiría como un santo bendito. El curandero, entretantoi. sacaba del bolso uno de sus Un rotulados, lo miraba un instante al trasluz, 1 11 cuentagotas, pedía agua, que le traían en un b irro, dosificaba, y cuenco en mano, volvía á 11 ii oho... Con un brazo pasado alrededor del cuello- -bunio, le hacía beber, beber... ¡Asombroso caso! El mozo bebía y guardaba lo bebido... Cruzó las manos la madre, deshaciéndose en bendiciones. El curandero dejó suavettiente sobre la almohada de follato la cabeza de revueltas greñas, de cara demacrada, color de arcilla. Una imperceptible sonrisa, una ráfaga de paz, de bienestar, sosegaron un momento la dolorosa faz... ¿Te va bien, yalma? preguntó embelesada la mujerona. -Sí, señora... muy bien... respondió el enfermo dulcemente. Del pico de un pañuelo salieron tres pesetas, que el curandero, al retirarse, guardó en el ancho bollón de su abrigo; el precio de la visita y de la pócima. Los pequeñuelos permanecían absortos. ¡Eugenio no se quejaba ya! ¡Le veían así... dormido, tan sereno... respirando niaino, á modo del aire entre el trigal! ¡Como u n santo, un santo bendito! Ni se enteraron de que hacia mediodía aquel ligero susurro cesó... La madre, al acercarse para administrarle otra dosis de la medicina milagrosa, tocó algo ya frío, rígido: un cuerpo inerte. Alzó estridente alarido. Se mesó las canas á piiñados; se clavó las uñas en el pergamino del rostro... y el Juaniño, consolándola, cogiéndose á su zagalejo remendado, repetía: -No se apure, señora... Voy por el curandero... Calle, que lo traigo ahora mismo... EJIILIA P A R D O DIBUJOS DE MENUGZ BRINCA BAZAN