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especial capriclio en disfrazarse de paje del siglo xv; pero su monstruoso vientre se oponía con tenacidad desesperante Por fin encontraron dos Mefistófeles que les encajaban á las mil maravillas. -Mira, no está mal- -decía D. Felipe; -puesto que somos dos diablillos, nada más natural que ir al baile disfrazados de Mefistófeles; -y le daba golpecitos cariñosos en la barriga. Dieron las once. El portal ya estaba cerrado. -No hay tiempo que perder, -dijo D. Eugenio. -Bueno, pues baja tú delante. Oye, Mefistófeles, á medida que nos acercamos al portal, las piernas me flaquean de alegría. -Calla; es la emoción. Satán. Ya cerca de la puerta y al borde de la felicidad, los dos amigos sintieron que abrían la puerta de la calle. Para no ser vistos se escondieron en la parte baja de la escalera que conducía á los sótanos. ¿Quién será? se preguntaron impacientes los enmascarados. Entró una vieja, tan miedosa y timorata, que no se acostaba ninguna noche sin registrar todos los rincones y mirar cuidadosamente debajo de las camas. La inquilina encendió una cerilla, con tan desdichada oportunidad, que descubrió á los dos inseparables amigos en el momento de- ganar la puerta, aprovechando la ocasión que se- íes presentaba. La buena señora, para quien no era un cuento la existencia de almas del otro mtmdo y hechiceríri! de brujas al ver á los dos Mefistófeles dio un grito. ¡El diablo El demonio en esta casa! Y comenzó á hacerles á los dos amigos la señal de la cruz. De miedo temblaban D. Felipe y D. Eugenio, por lo que la vieja fué creciéndose, creyendo la buena mujer que si temblaban era gracias á sus exorcismos. La escalera se llenó de luces. La vieja, seguida por la gente, discutía á pies juntillas la verdad de la aparición. -Todo esto nos pasa- -decía D. Felipe, -por no haber salido con el pie derecho. -No te quejes por eso, porque hemos metido los dos. El sereno trató de llevarse álos dos enmascarados á la prevención, suponiendo que eran dos ladrones. Coii todo transigía últimamente D. Felipe, con tal de que su mujer no descubriera la aventura; pero la celosa señora de D. Felipe, al reconocerle, la emprendió contra él, corriéndole por todo el patio; y alcanzándole, quitándose las horquillas del moño, se dispuso á clavarlo en la pared como un insecto. D. Felipe, que conocía sobradamente á su costilla, pudo, haciéndola un regate, esconderse detrás del sereno, y con acento suplicante le dijo: ¡Por Dios, sereno, lléveme usted á la prevención del distrito! ¡Que no se le quite á usted esa ideal JORGE; F L O R I D O R