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BALIVE: DE: TJIAJTKS I YE, Felipe, acércate; ¿tú no lees nunca los carteies de los teatros? ¿tú no has visto hoy por las es q u i n a s u n a s g r a n d e s t i r a s q u e dicen: Baile de máscaras. ¡Ande el movimiento ¡Gran concurso de disfraces! -Sí que las he visto. ¿Y no te ha dicho el corazón: Felipe, ¡abajo la tiranía! ¡vete al baile esta noche? -Pues mira, si me lo h a dicho, yo no me he enterado. -Pues yo, sí. Esta noche me siento otro hombre, capaz de sacudir un yugo matrimonial de veintinueve años. ¡Pero hombre! ¡dos personas serias como nosotros, á nuestra edad en busca de aventuras! -Vamos, no seas pusilánime; una noche es una noche; nuestras mujeres no sospecharán nada. -Sí; pero hay que encontrar un medio, un pretexto, algo que no deje lugar á duda. -Todo lo tengo sabiamente previsto. Como los rumores de crisis son cada día más acentuados, nada tiene de particular que esta noche nos la pasemos en la oficina ordenando el trabajo más urgente del ministro llamado á presentar la dimisión. -No está mal pensado; y para darle mayor carácter, y o pediré en casa las zapatillas 5 encargaré que me hagan una friolera para tomar un bocadillo á media noche; tú haces lo mismo, y... veni, vid vid. -Bueno; pero lo que no podemos hacer es ir al baile con estas caras, porque nos exponemos á que nos vea cualquiera, ¡y para qué queríamos más! -En eso no hay inconveniente. Como el baile es de trajes, salimos de casa, cruzamos el patio, subimos á casa de ese sastre de teatros que vive en el tercero, le alquilamos dos trajes, y así nadie nos puede conocer. ¿Eh? ¿Qué tal? ¿Tengo ó no tengo ideas peregrinas? -Bueno; ¿y á qué hora? -A las nueve te aguardo en casa; y digo en casa y no en la tuya, porque mí mujer es menos celosa y no desconfiará ni sospechará nada cuando entres. Los dos amigos se separaron, muy satisfechos de la que iban á correr. D. Felipe, sobre todo, marchaba con aire muy jacarandoso, diciendo chicoleos á las muchachas. D. Felipe llegó á su domicilio. ¡Toda la culpa era del jefe! ¡Maldito jefe, que le hacía ir aquella noche á la oficina! Su mujer cayó fácilmente en el garlito; el aire de D. Felipe revelaba tanta cu; trariedad, que uo dejaba lugar á duda. Dieron las nueve; entró D. Eugenio, y contó la misma historia, con igual éxito. Venía con un voluminoso paquete: las consabidas zapatillas y una americana vieja, para estar más á gusto en la oficina; pero no había tal, sino un abundante surtido de fiambres. Cuando los dos amigos se vieron en la escalera, entonaron á media voz el himno de Riego, cruzaron el patio y llamaron en casa del sastre. D. Felipe se probó varios trajes, pero con desgraciado éxito; tenía