Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Ved, señora, que parece desconsolado, y el frío de la noche pesa sobre su alma. -Ha de entristecernos si- le vemos. -Habéis de alegrarle si le dejáis que os vea. -Entre, pues; pero deje en el umbral de mi alcázar laúd y pesares. Entra el cantor conducido por las Risas. Sin duda, su melancolía ha de estar encerrada muy alma adentro, porque su frente se muestra tersa como trono de paz y sus ojos fulguran malicias. Viste, con garbo, harapos de trovador pobre. Llegado al trono, inclínase y dice: -Gracias, Locura, por tu hospitalidad. -Tristíí cantabas, y ahora pareces feliz. -Mi tristeza, ¡oh Locura! fué ardid paira llegar á tu presencia. -Inhábil ardid. ¿No sabes que no gusto de penas? ¿A cantar gozos, me hubieras oído? -Eres discreto. ¿Qué quieres de mí? -Reina; tu vida no es feliz. Movimiento de asombro en el cortejo de la Locura. Las Risas tiemblan. Las máscaras se agrupan en derredor del trono. La reina ríe estrepitosamente. -Me diviertes, juglar. -Mientras que todos ríen por tí y se agitan movidos de tu impulso, tú, erguida sobre el trono, sufres tedio: haces reir, y no ríes; inspiras canciones, y no cantas; corre el vino en tu nombre, y no enciende chispas en tus ojos, No suspires, señora; sabía tu mal, y vengo de muy lejos á remediarle; esta noche has de bajar del trono, has de danzar en la farándula, y yo he de ser tu caballero. Calla el trovador y tiende la mano, solicitando favor de la Locura. Los cortesanos murmuran. Las Risas se aprestan á expulsar al audaz; pero la reina ríe de nuevo, y alzándose benévola, -Tienes ideas peregrinas, bufón harapiento, -dice. Y tomando la mano del trovador, desciende del trono y se mezcla en la danza. Las máscaras gritan. Chisporrotean las luces, y los arpegios de la orquesta se trenzan en confusión macabra, como risas de loco. La Locura danza, la Locura ríe, la Locura entona desaforadas canciones, quiebra el cristal de las copas, piruetea en los rayos de luz, se mira en los espejos, va deshojando flores y arrojándolas al rostro de sus amigos. El trovador baila con ella, y mientras ella canta, desgrana en su oído palabras misteriosas. Hienden la multitud en revuelta fantástica, van abriéndose paso, cual si sus cuerpos fuesen vibraciones de luz, suben y bajan, tornan y giran; al cabo, u n a neblina los secuestra, se abre una puerta, corre un tapiz... El trovador y la reina han desaparecido. Palidecen las luces, y alárganse las llamas como lenguas de ahogados que buscasen aire; los ruidos se extinguen, las canciones callan, la espuma del champagne cae en las copas pegajosa y amarga... ¡Locura! ¡Reina! ¿Dónde estás? -Díme quién eres, tú que me has vencido. -Soy, señora, el Amor, y tu amor es mi venganza. El cantor de melancolías aléjase riendo. La reina llora, enferma para siempre de amores, porque una vez desafió al Amor... G. MARTÍNEZ SIERRA DIBUJOS DE MENÜEZ DRINGA 5-