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más se raosíTó flor íiTguna- I,o s coloros de la verde nl ombra íidt iiintron niái, TTIICUSO brillo; una i una fueron dpsn p a r t c í e n d o las blancas ruaT arilíJS. y p o r c idji u n a d e clTas salieron diez iíífoíleíos rojos eouio rubíes, Haio JiueS tros pasos fíuia la vida; y alegres y chilladores ¡j ljaros d e incíndí irios colores ac dejaron ver: y un íírnn flainenco, a v e que nunca h a b í a m o s visto, exlendíó a n t e iioíiotroíí su j. tluíJiaje escarlata. Lindos peecíí de plata y de oro poJjl. iron el naoliuelon d e cuyo seno fué salTCudo l e n t a m e n l t UTI nrruiTo que deí ¡i ués se tra nsformú en lán iiída melodía, más divina ue d e arj- ia cólica, in: ia dlíloe que todíj c n a n t o no fuese la voz e Eleonora- V cutonces u n a pesada nube m i t larjjo tiempo babJanios visto s u m e r g i d a cu la- f regiones d e Héspero, se al ¿6 d e tll s, colors- ada de rojfi y oro, y colocándose apacihlenicnte sob r e el Uonzonte. fuÉ desí cndiendo paso á paso b a s t a q u e s u s bordes descansaban en la? p u n t a s d é l a s moiilafias. transfonnando su obscnridad en brillante aureola y encerr. lndoni s como en jílísriosa y mágica priíiión de esplendor y de beatitudEleonora era btlla como Jos serafines; oóudida. scncJllaéinocenteH cnmo convenía á su corta vida pasarla entre 3 flores. Ninjíuna malicia v c n f a á disfrazar el fer or amoroso de svi ccjra Au. c u y o s repliegues m d s íntimos e x a m i n a b a y descabría conmigo mieTitra. discurríamos j u n t o s p o r el va! lc del Cc iped Verde, ctmicntando los g r a n d e s cambios q u e en éJ se babíait operado i la s. izán, E or fin, un dfa me babló, llorosa d e la eme transíonuación final que espera á la pobre humanidad; y desde entonces n o pen ó m a s q u e en este triste asunto, mc clándole en todos nuest r o s coloquios, asi como en las canciones dcf b a r d o d e Schira ¿las mismas i uiáí enct: se presentan obstinadam e n t e en cada varjüción de la frase. Kleonora había visto el dedo de U M u e r t e inclinarse l i a d a su seno, y conjprendía que sii liermosura, t o m o l a dt l insectillo llamado efímenin habia llegado d perfecta madurez p a r a m o r i r en seguida. Mas p a r a ella los terrores todos de la m u e r t e se resumían en un pensamiento único q u e me reveló una tarde hacia el crepúsculü, j u n t o A la rihers. el rfo del Silencio. La cuitada se afligía, pens a n d o (jue después de haberla enter r a d o e n c l valle del Césped Verde 3- 0 abandonaría p a r a siempre aquel felii retiro y entregaría uii corazón, que entonces era tan apasionadamente suyo, á cualquier m u c h a c h a v u l g a r del m u n d o lejano. Vo, d t cz en cuando, m e arrojaba á Tos pies d e Eleonora, y a n t e ella 3 aute el cielo j u r a b a no contraería matrimonio con níuíruna mujer d e la tierra, que en n ¡ugun ¡i ocasión seríít infiel á su sagrada m e m o r i a ni al recuerdo d e la ferviente afección q u e m e había tenido, é invocaba al Todopoderoso soberano del universo, comcj t íitigo de ta solemnidad piadosa de mi j u r a m e n t o y la maldición con que les pedia que me confundiesen Dios y ella- -cuando fuera u n a s a n t a del cielo- -si por acaso llegaba á ser perjuro, implicaba un castigo tan prodigiosamente horrendo, que n o me atrevo á confiarlo al papel, Al oír íaics palaliras, los mtilíintes ojos d e iíleonora brillaron con ni ¿s vivo resplandor; -inspiTÓ como si hubiese descargado BU pecho d e un peso mortal; t e m b l ó y sollozó aniargamente, pero aceptó mi juramento- ¿que h a b í a d e hacer sí ¿ra u n a níña? -y n; i j u r a m e n t o endul -ó las a m a r g u r a s de su agonía. Pocos d í a s despvíés, al morir tranquilamente, m e decía q u e en á lo q u e y o h a b í a h e c h o por el descanso de su alma, ella velaría por mf en espíritu después de muerta, y que si le era lícito se me aparecería en las horas nocturnas; pero q u e M este deseo n o p o d í a cumplirse por un nlma bícnavctJturada del cielo, al m e n o s sabría darme frecuentes sef les de su presencia s u s p i r a n d o en torno mío, envuelta cu las brisas d e la noche ó embalsamando el aire que y o respirara con perfumes robados al incensario d e los ángeles. V con estas palabras en los labios acabó su inocente vida, y con ella la primera época d e la mía. H a s t a aquí he hablado cuerdamente. Mas al p a s a r en el camino del tiempo esta valla que cerró la muerte de mi amada, según v o y a v a n z a n d o en el setfundo período d t mi existencia, siento que espesa nube ac amontona en íi cerebro, y llego a poner en d u d a la fidebdad de mi luemoria. Tero dejadme continuar. I.o í- a ñ o s s e arrastraron p e s a d a m e n t e u n o á otro, y yo seguía h a b i t a n d o el valle del Césped Verde. Mas un n u e vo cambio se notaba en todas las cosas. Las flores estrelladas se rehundieron en el tronco de los árboles y no volvieron á aparecer. Los colores d e la verde alfombra d e césped se mustiaron, 3 u n o p o r u n o perecieron los asfódelos, rojos como rubíes, y en su lugar salieron por docenas la i violetas sombrías, semejante. ¿o j o s calenturientos que tenosameule paqjíidearan, y siempre humedecidas con l i g r i m a s d e rocío. La vida se alejó de los senderos que holáraiuos, y el g ran flamenco ya no desplegó su plumaje escarlata, sino que huyú volando tristemente desdt; el valle á la montaña, con todos los alegres pájaros de encendidos colores que le acompañaron al venir. Y los peces d e oro y d e plata nadaron, nadaron hacia la oculta garganta, huyeron por el e. xtremo d e nuestros dominios 3 no volvieron á embellecer el manso riacbuelo. V aquella música acariciadora, más dulce que el arpa de Eolo y- que todo cnanto n o fuese la voz d e Eleonora, fué e xtínguiéndose m u r i e n d o en mumiulln- i. q u e se debilitaron gradualmente, h a s t a que el río volvió, en fin. completamente á la solemnidad de su prinntivo silencio. V finalmente. f