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y -di rados ranúnculopn de mar; íai ¡tas blanías de vinlelas moraíl. is y de p a m o c e s 6 asfódelos rojos como nibiej! de man e r a que tan maTaviHosa belleza hablaba á nuestros corazones, con llameantes conceptos, del amor y de la gloría d e Dios, Además, aquí y allá, sobre el cí sped, surgían apiñados, como en iuiíiíriniídóii 6 ensueño, fantásticos árboles, cu vos truncos añosos ó flexibles se inclinaban fjraciosamentc hacía la lu ¿qne á niccliodfa ¡nundaba 1 centro del valle. Las cortezas d e los troncas parecían mosqueadas de ébano y de p l a t j y más tersas que todo cuanto no fuese las mejillas de Eleonora, tanto, qne á no ser por el brillante verdor de las anchaíi hojas q u e se extendían en sus copas, Irar- ando líneas temblorosas y jug ueleajido con los cúfiros, so hubiera creído que eran loa troncos moatniofias serpientes de Siria que rendían homenaje á su soberano el sol. E l e o n o r a y y o paseábamos, cogidos d e la mano, p o r el valle, sin q n e el a m o r penetrase en nuestros corazones. E s t o ocurrió u n a tarde al terminar el tercer lustro í e su vítla y el cuarto de la mja, hallándonos sentados bajo los árboles que serpientes íjemejabaOj mientras contemplábamos nnesti as imágenes tfn las aguas del rfo del Silencio. Aquella tarde uo pronunciamos palabra, y aun á la mañana s i j i e n l e hablábamos poco y temblando. De aquellas o n d a s cristalinas habíamos sacado al dios Hros. Entonces sentimos renacer en nosotros las apasionadas almas de nuestros ascendientes. Las pasiones, que d u r a n t e siglos habían disliu uiílo nuestra ra a, se Lanzaron dc. satadas. nicíclándose con las íanta ias qne á nuestros mayores hicieron célebres, y un huracán de alegría delirante sopló en c valle del Césped Verde. Verificóse uu cambio en todas las cosas, Florea raras, brillantes y estrelladas brotaron d e los árboles donde j a-