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GENERO COLORISTA I SIEMPRE 1 Schopenhauer azul del cielo envolvía la tierra en inmensa gasa, donde aparecía ELcomo valiosa piedra montada al aire, una sol que mandabaengarzando en el fondo, luz, sus haces de un á la tierra, borracha de lumbre, de lumbre caliente, girando en el espacio como una rueda de fuegos artificiales que estelan el infinito con la brillantez de sus bengalas. Aquel sol que vibraba en la inmensa turquesa del cielo, parecía como un grandioso solitario puesto en el dedo de Dios. La campiña, húmeda y tibia, acariciada por la termodinámica del astro, sacudía el espasmo voluptuoso del rocío de la noche y aparecía lozana y verdosa, con una juventud primaveral, arrastrando por el prado la undosa cabellera de la madreselva. Apoyada en la ventana, mirando con ojos negros, como los carbones de un arco voltaico, encendidos por la tifoidea, vagaba su espíritu, sujeto por los alicates del recuerdo. En sus labios calenturientos, pálidos por la anemia, que amorfinaba aquel cuerpo en corriente de linfa, se modulaba un nombre: ¡Enrique! Su codiciado Enrique que huía de su lado, perdiéndose en el rastrojo del recuerdo; después, sus manos acariciaban las hebras de su pelo, de sus enmarañados cabellos, como mal devanada madeja de hilandera flamenca, destrenzados por un largo convalecer abradacabrante. íJna mariposa, con una orgía espléndida de colores en sus alas de nipis, se posó en su cabeza como un artístico prendido. Ella sonrió con tristeza de alma enamorada, cogió la mariposa y besó sus alas, que dejaron impregnados sus labios de un polvillo sutil ligeramente coloreado; después una tosecilla seca, sonando en su pecho como la hojarasca otoñal en el suelo al ser barrida por el aire, encendió su rostro, coloreó el esfuerzo aquellas lindas mejillas de peluche delicado, abrió sus grandes ojos azules de muñeca, y al tender la vista, una bandada de pájaros alegres, pintoresca caravana de charleros, se posó en el alféizar de la ventana. Eran los gorriones, que todos los días iban á saludar á la enfenuita con más solicitud que Enrique, que no volvía. Ella, tomándoles uno á uno, les besaba en el pico, y después tendían su vuelo sereno por el firmamento como majestuosas cometas que al remontar el espacio se esfuman en la lejanía. La pobre niña levantó los ojos hacíalo azul, y luego sus labios modelaron con el buril del pensamiento un nombre querido é insondable. El sol la miraba como queriendo ofrecerla su calor, fundirlo en sus venas y meter su fuego en aquella sangre degenerada, pobre, anémica, aguanosa. Pero la niña seguía tosiendo, él peluche de sus mejillas animándose, y el carmín de stis párpados encendiéndose más. por entre los álamos, copudos y arrogantes, derechos y firmes como una parada militar, paseaban dos enamorados, tejiendo una corona de jazmines, que ella iba guardando en su falda, mientras él, coii sas Jabios ebrios de gozo y temblorosos como el azogue, pretendía beber en su boca el nécta. r supremo del amor, con el ansia que la caravana busca los oasis en el agobiante desierto, con el afán de un pastor al buscar su perdida oveja, como Dafnis perseguía á Cloe. La niña, en la ventana, dio un grito, grande, inmenso, desgarrador como el acento doloroso de una madre; tan angustioso, que el mismo sol, al escucharlo, frunció su ígneo entrecejo. Era su Enrique, su amado Enrique. ¡Aquellos jazmines no eran para adornar sus sienes púberes! Sus ojos no quisieron ver más; vidrióse el cristal de su retina, un hilillo de sangre salpicó el alféizar déla ventana y sus brazos cayeron abatidos á lo largo del muro como los de una marionette al terminar la comedia de Arlequín. Y allí quedó su exangüe cuerpo, como un pájaro suspendido de una rama, como una gota de rocío sacudida por el cáliz de una flor... Y palideció el astro del día, y una lluvia lenta, menuda y continua, como perdido eco de elegante minu é, roció, bendiciéndole, el cuerpo de la niña, empapando la tierra aún caliente por los besos del sol. i- Vh... LUIS GABALDON