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í K SP searla en público y azotarla á la mañana siguiente. Antón, en cuanto indicase la casa, debía volver al portal del Ayuntamiento con los demás prisioneros. ¿Pero se me perdonará la vida? -preguntó. -Te doy mi palabra, -replicó Pepet con dulzura alargándole la mano. Todo se verificó como se había ordenado; Antón quedó á la puerta de la casa de Vicenta con uno de los carlistas; el oti o, después de derribar las hojas á culatazos, entró en las habitaciones, y á los pocos momentos salió con Vicenta. Apareció ésta en el dintel de la puerta muda, vertiendo dos hilos de lágrimas y triste como la estatua del dolor. Antón sonrió ferozmente al verla. Era ya muy cerca de la madrugada cuando Pepet acabó de adoptarlas disposiciones necesarias para alojar á su gente, requerir los fondos que necesitaba y tomar las medidas convenientes para no ser sorprendido por una columna liberal. Despachados todos los asuntos urgentes, colgó sus pistolas al cinto, se embozó en un largo capotón y se dirigió al Ayuntamiento para comenzar el martirio de la prisionera. Vicenta estaba encerrada en la sala de sesiones; cuando los soldados arrancaron sus vestiduras á tirones, quedó desmayada; el frío la había hecho volver en sí, y entonces, con las desnudas rodillas sobre el suelo, pidió á Dios con toda su alma que la quitara la vida antes que la honra. Cuando sintió abrir la puerta de su cárcel, levantó la vista al cielo y redobló su fervor con tal fe, qu quedó poco menos que en éxtasis. Pepet entró en la estancia y clavó sus ojos ávidos en Vicenta. ¿Y cómo explicar el fenómeno que se operó en el feroz cabecilla? Ante la contemplación de aquellas puras líneas artísticas circundadas de invisible pero sentida inocencia, sufrió Pepet una transformación rápida en toda su persona. Ea castidad del arte y la santidad de un alma pura hacían de Vicenta en aquel instante un ser sobrehumano. Pepet enrojeció de vergüenza; se sintió repulsivo á sí propio, y arrojó su capotón sobre la desnudez de Vicenta, que con la vista fija en lo alto parecía no darse cuenta de que se hallaba en la tierra. El cabecilla abandonó rápidamente la salst capitular murmurando para sí: Es un ángel y como el hombre cuando tiene conciencia de que ha cometido una acción villana busca á quién echar la culpa y sobre quién descargar la responsabilidad, se acordó en el acto de Antón, del delator de aquella beldad. Bajó apresuradamente al portal del Ayuntamiento, y entrando donde se hallaban los prisioneros, dijo con voz enérgica: -Todos en libertad, menos ese, que será pasado por las armas en cuanto amanezca, -y señaló á Antón. Cuando llegaba á su alojamiento empezaba á rayar el, día. Una descarga le anunció que su orden se acababa de cumplir. EMIWO S Á N C H E Z PASTOK D I B U J O S D E M É N D E Z BRINGA I cus desdenes, v eso le consolaba en aquella horrible situación. Una hora llevaría haciendo cálculos sobre su suerte y la de Vicenta, cuando en el portal del Ayuntamiento entró á Iia blar con el cabo uno de la partida que debía tener gran autoridad, á juzgar por el respeto con que por aquél fué recibido. Antón aplicó el oído. El recién venido hablaba de lo furioso que se hallaba el coronel (así llamaban á Pepet los suyos) porque en el pueblo no había encontrado mujeres. El cabo asentía á las palabras de su compañero; eso para Pepet debía ser una contrariedad terrible, porque no parecía sino que hacía la g- uerra sólo para sacrificar víctimas femeninas. Antón, que no tenía más que malos pensamientos en la cabeza, concibió uno brutal en el acto, y acercándose á los que hablaban, anunció que él sabía dónde estaba la ¡oven más hermosa de la comarca; si le perdonaban la vida iría él mismo á indicar la casa y la habitación donde se hallaba. ¿Pero es hija de liberal? -objetó si recién llegado, que conocía la especialidad de su jefe. -Hija de un médico que ya ha muerto y que era el cristino mayor de esta tierra, -contestó Antón. El carlista le invitó á seguirle; sabía que iba á prestar un gran servicio á su jefe, y no dudó un momento en llevarse á Antón. Pepet se basa del barrio; oyó la delación, y en el Antón dos hombres, y si encontraban Sala de la Casa- ayuntamiento, donde se ía. aejana encerraaa y aesnuda durante toda la noche, para pa-