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medad de su madre la obligó á volver del convento donde hacía el noviciado, para dedicarse á cuidarla. Volvió de la casa del Señor más hermosa que se fué, si esto era posible, y no hubo en el pueblo mozo que no sintiera deseos de pedir su mano; pero la sencilla austeridad de su continente alejaba pronto á los más decididos. Sólo uno, Antón el veterinario, se sentía- más rabioso cuanto más imposible veía que Vicenta accediese á ser su mujer. Los desvíos le irritaban, y perdido todo juicio por la fuerza de la pasión, soñaba con las más terribles venganzas y con los proyectos más descabellados para conseguir su empeño. El amor propio había casi sustituí- do al amor que en un principio sintió por Vicenta, y éste sabido es que obra sobre los seres sin educación moral con más fuerza que todas las pasiones humanas. Cuando Antón supo que Vicenta se negaba á abandonar á su madre enferma, sintió un alegrón en toda su alma, y empezó á vislumbrar que quizá los sucesos le darían ocasión de satisfacer su deseo. Quiso cerciorarse por sí mismo de la decisión de Vicenta, y á pretexto de enterarse del estado de su madre, fué á visitarla una noche. La madre estaba mejor, por fortuna; pero aún no po... día abandonar el lecho. Antón, aprovechando el instante de hallarse solo c (la cuestión nuevamente. ¿Sigues empeñada en no quererme? -No hablemos de eso- -contestó Vice ta del suelo; -mi vocación es decidida. ¿Y por qué te has quedado en el pm das las mozas se han ido? -Por no abandonar á mi madre. -Bueno- -dijo Antón con aire de protector; -pues pueae que me necesites; aquí vendré yo á defenderte si entran los carlistas. -Gracias- -contestó Vicenta; -pero Dios querrá que no hagas falta. ¿Pues quién te va á defender, infeliz? -No sé; la honradez y la inocencia dan mucha fuerza á la mujer, dice mi confesor. Antón soltó una carcajada brutal, y añadió; -Si entra el Pepet, verás qué fuerza tiene tu virtud. Vicenta se tapó la cara con las manos y no contestó una palabra. Antón, al ver que nada respondía balió sin saludar y más furioso que nunca. TI -Es mala- -pensó; -ni para que la defienda me quiere; y es que prefiere caer en las manos de Pepet á caer en las mías. Esa es una ofensa que no se le hace á ningún hombre como yo; este desprecio me lo paga, V caro; yo no debo vacilar un momento. i No había andado muchos pasos cuando sintió un tiro hacia el extremo del arrabal; al estampido sio- uió un o- riterío inmenso, v nuevas descargas sonaron más cerca. ¡Los carlistas! comenzó á gritar todo el mundo y de un lado á otro se veía correr á hombres desesperados que no sabían dónde refu criarse para salvar su vida. Antón, absorto de terror, se había quedado quieto; un vecino que huía le dijo en pocas y entrecortadas palabras lo que ocurría. Pepet había atacado la aldea por dos o tres puntos- los centinelas de las avanzadas habían sido muertos, y ya no había medio de evitarlo; los carlistas se apoderaban del Caballet. Inmediatamente un resplandor siniestro iluminó el espacio y disipo las sombras- era la capilla que ardía, el único punto fortificado délos defensores del pueblo. Antón, recostado en ia pared, cerró instintivamente los ojos acometido por el más horrible pánico. En torno suyo sentía ruido de armas, de espuelas, gritos y ayes que le helaban la sangre. Una injuria feroz y una mano que le oprimía fuertemente el pescuezo le hicieron salir de su estado de inmovilidad. Era un carlista. ¿Qué haces aquí, perro de liberal? -le dijo. -No soy liberal, -contestó Antón temblando. i. -P: SO ahora lo veremos- -contestó el carlista, y le dio un fuerte culatazo al tiempo que gritaba; -al Avuiitamiento de prisa. j j- o Aútón echó á andar tambaleándose. En el portal de la Casa- ajaintamiento había mandado Pepet que se reunieran los prisioneros que se hiciesen, y allí encontró Antón á vanos convecinos suyos, rezando unos, cubiertos de sangre otros, y esperando todos la muerte próxima, porque ya sabían como las gastaba Pepet. i n i. i i i Como centinelas de vista había dos hombres de la partida, uno de los cuales llevaba los galones de cabo. Cuando Antón se serenó comenzó á pensar en Vicenta; probablemente ya estaría vengado de