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J o había en todo el Maestrazgo durante la primera guerra civil un cabecilla más brutal que el de nominado Pepet. Verdadera furia del infierno, se complacía en todo género de crueldades, y con vertía la guerra, que siempre tiene algo de noble como todo lo grande, en una especie de pelea tabernaria, donde la traición y la. sorpresa eran los únicos medios y la carnicería más horrenda el único fin. I OS mismos jefes de la facción habían advertido ya á Carlos V que el cabecilla Pepet era la deshonra de la causa, y convenía adoptar una medida rigurosa que pusiera de manifiesto al mundo entero que no se hacía el ejército carlista cómplice de las barbaridades de aquella fiera con boina. Cabrera mismo le había dirigido serias amonestaciones por su conducta; pero Pepet, rodeado de una banda de forajidos tan duros de corazón como él y tan feroces de instintos como su jefe, despreciaba toda clase de advertencias, y contestaba que hacía la guerra como le daba gana, y que el mismo D. Carlos con sus huestes sería impotente para disolver su partida ni someterle á ninguna clase de organización militar. Cerca del pueblo de Cuevas de Vinroniá había un suburbio, que hoy está destruido, llamado el Caballet, compuesto de dos docenas de casas y una capilla, donde los domingos decía misa el cura del primer pueblo, recorriendo en mansa muía los tres kilómetros que le separaban del arrabal citado. Aquel pequeño barrio, situado entre montañas, estaba, defendido por la naturaleza, y sus habitantes, todos liberales, se hallaban armados y decididos á resistir á Pepet, que andaba siempre por sus alrededores. Pepet, una madrugada, sorprendió al cura que iba de Cuevas á Caballet á decir la misa, y le impuso la obligación de que, en cuanto terminase el santo sacrificio, dijera á todos los vecinos de esta aldea que depusieran las armas y se aprestasen á recibirle triunfalmente el día que le pareciera conveniente entrar en el pueblo en busca de raciones. El buen sacerdote, aunque temblando por la sorpresa del encuentro, tuvo energía bastante para replicar que su misión en aquel pueblo era hacer que sus habitai: tes cumpliesen los deberes de cristianos oyendo m i s a todos los días de precepto, y que ni por su estado ni por el objeto que llevaba podía ser portador de seniejantes intimaciones. No quiso oir más Pepet, y desatándose en groseros denuestos, acusando de impío al cura porque iba á decir misa á un pueblo de liberales, mandó que le dieran una paliza, orden bárbara que cumplieron los suyos con regocijo de fieras y entre la más inmunda chacota. Este hecho alarmó profundamente á toda la comarca; pero principalmente á los vecinos del Caballet, que adquirieron la certeza de que tarde ó temprano serian visitados por el famoso guerrillero. Lo que más preocupaba era la suerte de las mujeres si el pueblo caía en poder del cabecilla. Las mayores ofensas cometidas contra el derecho de gentes por Pepet se habían realizado siempre en personas del sexo femenino: las esposas é hijas de liberales eran el botín que más le complacía y el objeto de los más duros castigos. Precisamente esta última circunstancia es la que había motivado las reclamaciones de los mismos carlistas á su rey contra este cabecilla, y precisamente por esto se le había ordenado su presentacióninmediata en la corte de Oñaté, orden que él no cumplía, suponiendo, y con razón, que había de ser víctima de severa sentencia. En Caballet no se pensó ya más que en salvar á las mujeres; poco á poco fueron saliendo todas las jóvenes; unas iban álos pueblos inmediatos, donde, por ser más grandes, había más seguridad de que el cabecilla no pondría en ellos su planta. Sólo quedó en el pueblo una bellísima mujer, Vicenta, la hija de la médica, según todos la llamaban, por haber sido su madre, viuda hacía muchos años, mujer del médico de Cuevas. Vicenta llamaba la atención por su excesiva belleza. La hermosura de su rostro, con ser mucha, resultaba inferior á la corrección de formas de que el cielo la había dotado. Todo el conjunto era artístico y lo realzaba la majestad que presta él alma virtuosa á la mujer que, puesto su pensamiento en Dios, parece criada para el cielo. Vicenta, desde muy niña, había huido de la conversación de los hombres, y sintiendo en su alma viva vocación de consagrarse al claustro, se disponía á profesar, cuando una grave enfer-