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FRUTA PROHIBIDA p T. jindrc Kfave se lia marcha ílo. dejaiiílo ác par en par las putírtas del despacho, liahilacii m severü, tristo. Ik n; d e tst 3. ntes viejo? presidida v ada por g r a v e s sefioroiifíí, cuyas cabezas flacas y ascéliciis, pero llenas de noble distiu círjn, como p i n t a d a s por Domeasoman sus pómulos enjutos y sns barbas punliagxidíis por entre la blancura de la jjolilb. Hl padre c ave se ha marchado preocupado tiiste. como uu retrato del propio ¡riego, y que echase á a n d a r pensando en prosaicos negocios de la vida moderna. La nhla morena y la ilifiA rubia han entrado en la habitación triste, llenándola d e seductora alegría; han curioseado uQ CJcu l (fs papeles de la mesa, a u n q u e sin atreverse á desordenarlos ni á poner mano en ellos. Luego. la níbia. á la verdad n o se atrevía; pero la morena, dominada por extraños y revoluciunarioín ímpetus, se ha diripido reKüellamente al estante d o n d e se custodia la fruta prohibida, los libros que, por expresa determinación del padre RTave, n o deben leer las nifias morenas ni rubias, ni d e ningún otro color, hasta que sean señoras casadas... y asi y todo, con permiso de suy futuros dueños y señores! ¿Qué recónditos secretos, qué misteriosos arcanos encerrar m ai uellos libros? ¿Qué carcajadas malsanas ó qu ¿maliciosas sonrisas, q u é lánguidos suspir o s o qué incomprensibles expresiones encerrarán en sus pdí; inas? jü sabe! Las dos niñ a s tiemblan al cometer el nefíindo crimen, y la rubia, que ha aprovechado ya la audacia de su compaücra. cogicndíf un librito, de cuvo título, dicho sea d e paso, no comprende u n a palabra, le agasaja y le acaricia llena de miedo, como se acaricia á un gato, cíe quien no ie sabe si lei; ará- á sacar las uñas. El temor de la rubia, la resolución de la morena, hacen pensar algo m u y hondo, m u y poético: recuerdan el verso fatal d e F r a u c e s c a d c Rímini: Gatroíto u ií Ulfte e chí io Pero desde Franeesca hasta tju síroí días, las cosas han variado mucho. Moy día n o son los libros ni los poetas los Galeottos, Por eso la rubia y la m o r e n a leen, leen con avidez los libros cuya lectura constituía un delito, y no le sacan substancia al pecado. U n a s cosas no les interesan; otras no las entienden. Se otias r ius vidaS df ios S infos lo q u venes í a sé que no me dinjo á viejas) ¿Qué ensenan los libros en sus p á g i n a s muertas; qué m u t s t r a n que no h a y a mostrado vivo y palpit a n t e la leiilidad aun á las m o r e n a s más tímidas y á las rubias más candorosas? La rubia y la morena, después de un rato de lectura, vuelven á dejar en los estantes los libros. Con ei primer pecado lian g a n a d o la primera desilusión, B CPIUUJO U U l MIUQ f ALA