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r- iV c S: por una paz y una ternura inmensas en los que el mismo Dios compadecido habla á los desgraciados, y nuestras almas, de su voz suspensas, sentían ese afán de ser mejores que sintieron en noche venturosa al escuchar al ángel, los pastores. I legó el otoño, la estación lluviosa. ¡Qué triste fué aquel año! Cierto día en la ermita anunciaron las campanas dé un anciano pariente la agonía y á su lado conduje á mis hermanas. Regresaba yo solo. De repente vi que subía en dispersión del llano corriendo, loca de terror, la gente; y entre sordos lamentos el lejano clamor oí del caracol huertano... Trepé por el atajo á la colina que la vega domina llamando á Juan... Con el zumbar del trueno el río, despreciando el cauce roto, dilataba sus hondas, y era el soto un proceloso mar color de cieno. A 1 agua me lancé... Fui arrastrado, pero asido á un madero me sostiive, y aunque falto de aliento y golpeado pronto al alcance de la choza estuve; vacilaba su techo... al fin caído arrasó el oleaje sus escombros y las manos d. e Juan sentí en mis hombros y sus labios pegados á mi oído... En el instante ac uel ¡angustia horrible! al peso de los dos se hundió el madero... Fué un batallar desesperado y fiero de segundos- ¡de siglos! -con la muerte. Oí su voz: ¡Eos dos es imposible salvarnos... vive tú ya que eres fuerte... ¡Piensa en ellas! Ea tabla sumergida tornó á flotar; al agua embravecida entregó sin luchar el cuerpo inerte. ¡Inútil él! ¡Y nos salvó, la vida! DIUUJO DE REGIDOR I N: TJTIIV I corazón templó con sus lecciones dura pobreza, y adiestró mis manos. Sin padres, sin hogar, fuerte me hizo para ganar el pan de mis hermanos. Eramos cinco: sólo dos varones; pero Juan, el menor, nació enfermizo. En tm rincón del soto, no lejana de la arenosa orilla que desgrana el ancho río con su roce manso, se alzaba nuestra choza. El hambre en ella no penetró: no conocí el descanso. Siempre, brillando la primer estrella, con el orgullo del deber cumplido regresaba á mi nido; y siempre, tiritando junto al fuego, en forzado sosiego hallaba á Juan. Al verme sonreía y con su voz de mansedumbre llena por aliviar mi pena, Estoy mejor -tosiendo me decía. jPobre Juan! Para el mártir no hubo infancia Cuando cediendo á tentadora instancia que á sus años el alma no resiste, con otros niños en alegre bando corrió, bien pronto á detenerle vino la fatiga, la tos... y era muy triste verle sentado al borde del camino mientras en rumoroso torbellino sus camaradas se iban alejando... Creció en cuerpo; no en fuerzas. Ya mancebo, apuró un dolor nuevo: quiso ayudarme en mi labor... no pudo: insistió con porfía generosa; mas una y otra vez el astil rudo dejó caer al suelo, jadeante, muerto el brazo y la frente sudorosa. Perdió con la esperanza la entereza. Inútil -dijo, y desde aquel instanteanocheció en sus ojos la tristeza. RICARDO GIE