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la ingratitud, porque es tu destino. ¡Qué linda comedia! Después, veinte años sufriendo al bueno: se fueron los padres, los parientes, el médico. no le quedó más que la tía avarienta, huraña, ardiendo siempre en una llama infernal, capaz de derretir las piedras para sacar plata. Y Agustín siempre delante, siempre defensivo y abnegado Llegó á la misma noche en que le sacó de la taberna, ¿con qué derecho? y le encaminó á su casa. Entró; oyó el ronquido extraño de la vieja, y pensó; ¡Buena oca. sión para atrapar el gato! ¿Dónde lo tendrá? ¿Sería plata? ¿Oro tal vez? ¿Oro en aquella casucha infecta y miserable? Y como pudo se incorporó: buscó el cuchillo; probó la punta en la yema del pulgar; la dejó resbalar hasta la uña y el acero vibró Apoyado en manos y pies como un animal que caza en la selva, guiándose por los ronquidos llegó á la cama. ¿No sería mejor preguntarla? Que lo diga y después la mato. Eso es lo mejor. Iva vieja despertó, pero ya tenía la zarpa en el cuello. ¿Dónde tienes el dinero? Dilo. ¡Ah, maldita; la avaricia te ahoga! La vieja volvió á roncar; después tembló toda; por último se estiró y no volvió á menearse; Pascual soltó el cuello, trayéndose carne en las uñas. Ha soltado el alma por no soltar el dinero. Y buscó y removió las ropas. Una ira sangrienta le iba invadiendo; la burla de aquel guiñapo le volvía loco. ¿No lo dices? Se hirió el puño aporreando aq. ellos huesos que se iban enfriando. No lo dijo. Pues al otro. Y atravesó la zanja con agilidad felina; pasó bajo los árboles, que parecían fantasmas; corrió por las calles desiertas y llamó á la puerta de su enemigo. Agustín, sal, que te espero. Voy; ¿cómo te has refrescado? Y salió sereno, compasivo, diligente ¿Qué quieres, Pascual? ¿No sabes que no te puedo ver? ¿Que te mataría? Lo sé. ¡Ve tú lo que son las cosas! Yo te quiero. Yo no. ¿Tienes armas? Defiéndete Muchas veces te defendí; de ti no me defiendo. ¿Te acuerdas del médico? ¡Maldito sea él y tú y todo lo que vive! Defiéndete, que te mato. Y le mató. De una sola puñalado entre la quinta y séptima costilla izquierda. La punta del cuchillo se dobló en el espinazo. El chorro de sangre le mojó la cara y huyó, huyó en la noche sin fin, de una negrura infinita. Era libre. El bosque sombrío le brindaba asilo: allí en una cueva profunda se echó á dormir. Las sombras, henchidas de angustia, rodaban pesadamente, empujándole, echándole á la luz Entre aquella infoi- me negrura oía el roncar agónico de la vieja y una voz zumbadora que decía: ¡Caín! ¿qué has hecho de t u hermano? Eso le dijo una pareja de civiles que le encontró en la cueva. ¿Cómo habéis dado conmigo en esta obscuridad? ¿Quién os dijo dónde estaba? Mira. Y abrió los ojos, y á la cárdena luz que entraba del bosque, vio detrás de los civiles la cara irónica del viejo médico. Yo he sido, Pascualín. Ya se lo dije á los tuyos Y á través del campo, en un frío amanecer en que los árboles se estremecían, Pascual atado, custodiado por los guardias, caminaba hacia un hc 7,o nte de nieblas en que se dibujaba vagamente una silueta espantosa y patibularia Aquella mañana Pascual, todavía con la pesadez del mosto en el cerebro y en la lengua, se levantó y dijo á su tía: No le conviene á usted dormir con nadie en casa; ronca usted demasiado. Y recogiendo sus herramientas fuese al trabajo, buscó á Agustín y le dijo tendiéndole la mano: Amigo mío; encontré acomodo muy lejos de aquí: ¿quieres darme un abrazo? No, porque me voy contigo. Donde cabe uno ¡Qué equivocado estás! H a y sitios ó mundos en que dos no caben. ¡Adiós, Aiel. i, Y Abel se quedó mirando cómo se alejaba el amigo, el hermano, por el bosque sin hojas, envuelto en la fría neblina, pisando la escarcha invernal, que crujís- otnr. la carne herida en que entra un cuchillo que va á doblarse en el. espinazo J O S É NOGALES DIBUJOS DE REGIDOR