Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
V- J i W l E R T A noche llegó Pascual á su casuca, tamba leándose y agarrándose á las paredes. El vino le hervía. Sobrenadando en el mosto llevaba unaidea fija, espantosamente fija, semejante á un clavo que le hvibiesen clavado á martillazos. Era el odio sin caiisa, fiero como el instinto, roedor como un gusano, hacia su compañero de escuela y de f. trabajo, aquel bárbaro Agustín, noblote siempre y á saludable é ingenuo Desde chicos estaban así, juntos en bien y en mal; y á medida que crecía en el tosco espíritu de- r Agustín la adhesión al amigo, en éste se acentuaba el odio. ¿Por qué? No lo sabía. H a y manjares que sin haberlos gustado, nos repugnan. Hay per sonas que sin haber dado motivo, nos parecen odiosas. La reducida vida social en aquel pueblo los había reunido, primero en la escuela, luego en los corros, más tarde en el trabajo y en las diversiones. De una de estas fiestas de taberna salía Pascual aquella noche. I a presencia de Agustín le excitaba los nervios: le había insultado, le había amenazado, sabiend o q u e el otro era más fuerte, y por toda contestación había visto brillar en los enemigos ojos una chispa de luz compasiva y afectuosa: ¡Pobre Pascual, estás. borracho! No bebas más. ¿Que no? Ahora sí que bebería. Y cuando sintióse envuelto en una nube densa que pesaba sobre todo su cuerpo, los brazos de Agustín le sostuvieron, le guiaron maternalmente en aquel camino obscuro, á través del campo, en que los árboles parecían grandes fantasmas negros que movían brazos greñudos, cogiendo puñados de sombra El borracho sintió la afrenta de aquella serena amistad que le sostenía. ¡A ustinazo animal! ¿No sabes que no te puedo, ver? ¿Que te mataría? I o sé respondió Agustín con una tristeza conmovedora. ¿Que lo sabes? Me alegro. Entonces, ¿por qué no te largas? ¿Ves? Esto que hago es para sacar el cuchillo... ¿A que para esto no me ayudas? ¡Vete! Espera un poco: ya estamos cerca. Te pasaré más allá de la zanja si cayeras ahí, no volverías á ver el sol. Ya estamos en terreno libre. Todo por derecho, 5 hasta mañana. ¡Hasta mañana! ¡Vaya un consuelo que me da el bruto! Hasta mañana si antes no te quito de en medio. Y entró como pudo, sin atinar luego á meter la tranca de la puerta en su sitio. Oyó roncar alto y sonoro á la vieja, su tía, y le hizo mucha gracia que no hubiese despertado con el ruido, ella que, como vieja avara, dormía con el sueño inquieto de las liebres. ¡Buena ocasión para atrapar el gato. ¿Dónde lo tendrá? ¿Sería plata? ¿Oro tal vez? jOro en aquella casucha infecta y miserable! Y a tientas buscó el camastro 3 se echó de un golpe en que gimieron las tablas. La cosa negra, infinita, que le rodeaba, empezó á dar vueltas. No hay nada tan espantoso como este rodar de la negrura, en el seno del silencio. El cuerpo del borracho se abandonó inerte; la sombra pesada, henchida de angustias mortales, le fué empujando hasta echarlo de la cama, y en este instante se eclipsó el espíritu. Resurgió á la cárdena luz de la pesadilla en qtte tiene la unidad facultad de desdoblarse, y Pascual, apartándose de aquel hediondo cuerpo lleno de mosto, se contempló á sí mismo, en esa libertad sin límites en que no hay lugar, ni tiempo, iii espacio... Vióse ún día al salir de la escuela, llevado en piara con otros chiquillos á casa del médico, un viejo loco que se quitaba los dientes para comer. Esperaron én el patio, pateando con los pies desnudos para deshacer la escarcha. Vinieron gentes machuchas, padres y madres y toda la parentela de los chicos. Entraron al fin, y el viejecillo les fué tentando la cabeza, por aquí, por allá, como si buscase el punto de madurez de los melones. Después, decía cuatro cosas de que se reía la gente. Para el tenteo fueron juntos él y Agustín. Sois amigos? les preguntó el viejo. Agustinazo dijo que sí: él no dijo nada. Pero al final el médico pronunció la sentencia: Este chiquillo, este Pascualín de los diablos, tarde ó temprano dará que hacer. Y del otro, ¿qué dijo? Ah, sí. Agustín, hijo mío; eres bueno y sufrirás. No te digo que huyas de