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rV- -V, r- í. H -J- (BALADA EN PROtíA) i A x t i n n E c f A 3 a aiiía triste, la nífia sin amores. No amab. i á su pueblo, no tenía íifecto a las casitas j a l b e g a d a s ni á los sencillos campesinos que vivían cu ellas. Era la n i ñ a uiuy fina de cuerpo, m u y falta de curvas, a el perfil aristocrático, la nariz dominadora, los labios un t a n t o despreciativos, los ojos un uvuclio soñíídoreüf la frente despejada, en donde los ra os d e sol venían ú quebrarse. Vt. stia u n a túnica roja de lana, q u e el sol crudo d é l o s campos hab í a empalidecido, convirticndu con su luz creadora el h u m i l d e tejido en brocado d e Venecia; y así vestida, mostraba en su paso y continente la majestad sencilla, propia fie los reyes de veraSn de aquellos reyes que p u e d e n ufanarse d e que entre sus abuelos n i n g u n o conoció el uso del paraguaíi. Y en el pueblo no había má que miseria. V la uiiia n o s t r v i a p a r a nada; porque sí bien es verdad q u e poseía u n a voz dnloísinia y cantaba como los ángeles, IOK cantofi que se le ocurrían no üervEan p a r a que nadie bailara á su compás, ni podían acoinpañiirse con guitarra, ni ni tamboril. Además, eran unos cantos muy tristes: y si el cantar nu sirve para fingir la alegría que no se posee ó para acompañar á la que se tiene verdaderamente no merii ce la pena de ser oído. La n i ñ a pálida, pues, iba sembrando por las campiñas sus canciones sin compás, buscando sus amores en la umbría de los álamos, j u n t o al arroyo, bajo la fresca enramada de las acacias, de los paraísos y d e los enebros. Pacían allí las bestias del pueblo, seres tan miserables y aufrído. i como s u s amos. Y había u n a hermosa b o r n e a platera, q u e en su cabeza sumisa y en sus g r a n d e s orejas gachas mostraba la más admirable resignación v la más s u a v e conformidcid que filósofo ni predicador alguno ha aconsejado á las victimas del infitrlunio La borrica a m a m a n t a b a á un lindo y gracioso pollino negro, saltarín, corretdn, d e ojos gTímdes y alegres, sin m a h c i a ni dobte- ojos de aterciopelada pupila, engarzada en la sedosa piel deí animalíto. Los ojos Inocentes del pollino fueron para la nina pálida una revelapion. N i n g u n a mirada de hombre, al menos de los hombres que ella conocía, podía compararse t n nobleza, b l a n d u r a y honradez con la mirada del pollinito ut- gro. Y pronto, más pronto que ella pensara, el animal Ctcció, ¿e robusteció, se híj o un hermoso asno, de recios jarretes, de robustas orejas, que hendían ol aire cuando ei animal galopaba como las dos hélices d e un g í a n n a v i o y aquél íu -el burro más lij ero y poderoso d e la cumarca. Pero un dia en q u e la niña pálida, ya mujer, plañía sus tristezas j u n t o á los árboles y el hennoso asno la miraba implorante, el d e m o m o debió d e p a s a r por allí. La muchacha, resuelta, montó de un salto en los lomos poderosos de su amigo; el asnOj gozoso de tan ligera y agradable carga, emprendió el ealope- y nadie ha vuelto á ver á la m u c h a c h a pálida ni al asno mohíno. el poeta que lo supo se dio á pensar en el número infinito de doncellas pálidas cuyas vidas consumirán tristemente y sin amor, p o r no haber h a l l a d o ní un a sno uue las raptase. FRANCIS TR MASKL ninujQ ni uu o2 Lüctti m