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Así que la vio Tomás, silbó para avisar á su compañero, y ambos elevaron bruscamente la tirante faja en el momento en que la joven se hallaba en vilo para descender del escalón, con lo cual cavó He bruces, mag- ullándose el rostro contra las piedras de la calle. l, evantóse la Mozanca sangrando por boca y narices ante la algarabía de la popular carcajada, esiorzada por Tomás con risa tan brutal, que arqueaba el cuerpo con un movimiento de vaivén mientras se daba puñetazos en entrambas caderas. I, a Mozanca se recobró muy pronto, y vomitando maldiciones se abalanzó sobre una piedra, enarboló el brazo y lanzó el proyectil con tanto acierto contra Tomás, que le dio en la cabeza, y aunque no pudo romper aquel cráneo de hierro, le rasgó la piel y le hizo una descalabradura que le abarcó gran trecho de la frente. Tomás osdló un segundo, sintió sobre los ojos el templr. xio escurrir de la sangre, pero se limpió brevemente con el dorso de la mano, se anudó un pañuelo á la cabeza y dijo con aire de picador que pide caballo: ¡Siga la broma! Sin embargo, allí terminó el jolgorio; el alcalde intervino, las personas sensatas se hicieron oír, los mozos se cansaron de la zambra y la nube desapareció de la plaza, llevando en el centro al herido como á su rev triunfante. Al día siguiente Tomás esperó á la MozaníTo junto al pilón de la fuente donde ella solía ir por agua, y así que la vio, bajó la vista y comenzó á golpear con su vara en el suelo. Ella ni siquiera le dio los buenos días, pero de sobra sospechaba que Tomás estaba allí con alguna intención y le miraba seguidamente de reojo. Al fin Tomás le dio un golpe con la vara en la falda; ella le empujó con tanto brío que estuvo á punto de zambullirle en el pilón de la fuente; empujó de nuevo Tomás á la moza y la moza á Tomás, y entre aquellos golpes cerriles y miradas querenciosas, se fueron acercando y atrayendo sus almas á través de la ruda maleza de su campestre ferocidad. Al fin los dos se alejaron, acercándose y apartándose el uno del otro con pasos inciertos j cortadas, unas soeces y otras tiernas, unas en (oz alta y otras tan quedas que se oía el chapolear del agua del cántaro bulliciosa en la boca de su prisión de barro. El día en que se casaron la Mozanca y Tomás, sus compañeros de la? tubí agotaron el repertorio de las ferocidades: hubo cohetes, petardos, tiros, borracheras, gatos con la cola embreada y ardiendo; parecía que aquella nube al deshacerse se rompía estruendosamente con el rayo postrero. La algazara salvaje turbó al boticario, al cura, al médico, al maestro y á otras personalidades del pueblo que estaban jugando al tresillo en la rebotica, ¡Qué bárbaros! ¡Qué brutos son los mozos de este pueblo! -exclamó el maestro. A lo cual el médico respondió: -Esa brutalidad indica la energía de la raza. Esa brutalidad se convierte en valor en el campo de batalla, en resignación ante la miseria, en actividad en el trabajo; esa brutalidad es una fuerza, una gran fuerza como la del huracán, que no sabemos encauzar ni dirigir. -Es una fuerza sin inteligencia, -exclamó el cura. -En cambio- -dijo el médico- -nosotros, las personas de carrera que hay en el pueblo, somos inteligencia sin fuerza, porque no hacemos más que jugar al mus y al tresillo, olvidando lo poco que supimos y siendo inútiles á la sociedad. ¡Ordago! -exclamó el veterinario aplastado por aquel exabrupto. Todos sonrieron, y mientras los saiios del pueblo jugaban al tresillo, en la calle resonaban las guitarras y las voces rudas é ineducadas de aquella falange montaraz, cuyos aullidos de alegría iban á perderse en las escuetas llanuras de aquel inmenso mar de tierra castellana, donde algún olivo enteco, fiero, impasible, retorcido y duro, era el patente emblema de las almas. DIBUJOS DE J. FRANCÉS RAFAEL TORRÓME