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y f DEL ALMA DE CASTILLA T OMÁs Berrueco, hijo de labrador acomoda do, era la encarnación y representación cvimplidas de la cerrilidad indígena en los pueblos de Castilla la Nueva, que ordinariamente se ocultan en hondonadas tristes y húmedas, entre las ondulaciones mtiertas de uu mar de tierra semibaldía que se atiere con las escarchas del invierno y se retuesta con los ardores del estío, sin que las notas dulces de una fuente, de un árbol, de una flor, mitiguen la feroz amargura de tanta crudeza, la cual da conjuntamente vigor á la tierra y bravia rusticidad á las almas. Era Berrueco el más bullidor en las rondas, el más procaz en la frase, el más temerario en las riñas, el más duro en el trabajo, el más sobrio en la comida, el más brutal en los juegos y el qué resumía y expresaba más apropiadamente la bárbara simplicidad del terruño. Juntábase con cierta camarilla de diez ó doce mozos, capitaneados por él, que eran el terror, no sólo del pueblo, sino de la comarca. En el lugar les llamaban la mibe, y cuando les veían aparecer en cuadrilla por el extremo de alguna callejuela, las mozas se internaban en sus casas, las viejas atrancaban ventanas y puertas y hasta los perros huían como si el más temeroso enemigo se les acercase. Hallábase la nube un domingo por la mañana frente á la iglesia, cuando Berrueco, al ver que algunos fieles comenzaban á salir del templo, terminada la misa, habló al oído á un compañero suyo, y ya los dos de acuerdo, se desciñó Berrueco apresuradamente su interminable faja, quedóse con un extremo de ella, alargóle el otro á su amigo, y cada cual de esta suerte se escondió tras una de las jambas del pórtico, teniendo entre ambos la faja junto al escalón del zaguán tirante y oculta; pero de vez en cuando, á una señal convenida, la elevaban un palmo sobre el suelo, y tropezando en ella, revueltos en tropel, rodaban por tierra hombres, mujeres y niños. Unos protestaban, otros sonreían, y aun los mismos que habían caído y llenado de injurias á los hromístas, pasaban luego á ser público, y foritnando un gran semicírculo, miraban con salvaje regocijo el espectáculo. Ya habían salido del templo casi todos los fieles y medido con su cuerpo el umbral de la puerta más de la mitad de ellos, cuando abriendo la cancela apareció una joven á la que llamaban la Mozanca porque era recia y campechana y mujer endurecida con la ruda labor de la escarda y de la siega.