Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
que ha encontrado á nuestro hombre, porque las huellas de los pies desnudos de Ilalimascf se reconocen en el polvo y en el barro. -Está agonizando, -me dice gravemente Abdi. ¿Quién lé ha; matado? ¿Los dankalíes? Ivos elefantes Estaba cerca del agua, cuando el rebaño ha pasado entre él y nuestro campamento. Oculto entre las matas, dejó pasar á los elefantes sin que le vieran. Mas de pronto se le ha ocurrido una iriala idea. Detrás de todo el rebaño iba una elefanta separada délos otros y más lejos, aún más lejos iba el cachorro, un elelantito de cinco ó seis meses. Entonces Halimascal pensó: Si pudiera separarle de sti madre, me le llevaba al campamento, y vendiéndole en Djibuti, ganaba una fortuna Con esta idea salió de entre las matas, y habiendo espantado al elefantito con unas ramas, le obligó á echar á correr en dirección contraria á la del rebaño. Por desgracia, en la huida el cachorro mugió pidiendo auxilio. Ea madre volvió grupas, vio al abisinio y se lanzó sobre él á todo galope. Ya sabéis qué buenas piernas tiene Halimascal, pero no para correr más que un elefante. Viéndose perdido, se encaramó á un árbol, subiendo hasta donde no le alcanzase la trompa. Pero la elefanta estaba furiosa, quería matarle y comenzó á sacudir el árbol con toda su fuerza. El tronco era grueso y resistía, mas al cabo de dos horas cedió. Entonces, en el momento en que Halimascal cayó á tierra revuelto con un montón de ramas, la elefanta le ha pataleado, dejándolo por muerto. Así le hemos encontrado, le hemos llevado á la margen del río No quería más que beber. Cuando lleguéis, señor, qiiizás habrá muerto ya. Desde lejos diviso á Halimascal, tendido en tierra, desnudo, porque los dos abisinios que le asisten le han hecho con las ropas una almohada. La cabeza reposa en un montón de tela ensangrentada y llena de fango. El herido parece una rata gigantesca destrozada, aplastada por la rueda de un carro. Todo el cuerpo le tiene deshecho, el vientre roto, las costillas hundidas. Eos abisinios le han lavado la cara, pero hilos de sangre le salen de narices y boca, y le caen pecho abajo. Tiene los ojos abiertos. Le miro reposadamente, le hablo, pero C uizás ni me ve ni me oye. Dicen los abisinios que desde hace i t. -y, f J a O s íSSk- lialimascal, sino aesearie que acaoe pronio ue suiui. oi tarda mucho tendremos que dejarle sin enterrar. Todo herido que cae sin esperanza de cura está condenado á muerte: lo mismo él que nosotros. Tal es la ley del desierto. La muía sigue paciendo, meneando las aguaderas. Abdi se ha enfado colocando en sus rodillas la cabeza de Halimascal. Ora airamos al hombre que cada vez respira más despacio, ora las ombras que cada vez se hacen más chicas, según el sol avanza L mi cintura llevo un revólver, un instrumento de reposo. En un egundo podría dar el sosiego, la paz á aquel mártir, que si pudie 9 f ra nos lo suplicaría. Estamos en torno del cuerpo destrozado cuatro hombres. Aun aquí, en medio del desierto, nosotros cuatro somos la sociedad entera que- vela, con sus prejuicios, con sus exigencias pero estoy seguro de que si uno de nosotros se quedara solo velando al agonizante, la compasión podría más que nada y los ojos de Halimascal se cerrarían para siempre H U G O L E ROUX D I B U J O S DE R E G I D O R