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LA ij; v DEi, wmm PAISAJE AFRICANO 1 P 1 OS Últimos rayos del sol poniente alnnibran con ñorn ¿o s reflejos el perfil de los moutes ún Assabot, t n el desierto dankalí de Abisinia. R á p i d a m c u t e las sombras van extendiéndose por la llanura. Ya envuelven la- parte baja de la luonlnña, y el rayo de sol tardía que llamea eu la cumbre parece el foco desUimbranlc y fijo d e un ii antesco faro alzado en uu isloiu eu m e d i o del m a r lltiio de escollosAqnella noche a c a m p a m o s entre Kersa H ¡llciii, al abrig o d e la frondnKa ve; rt t: ición q u e un manantial d t a g u a calicutc hace brotar del suelo. La etapa ha sido rutla. Camellos y acémilas sc han ecbado eu el suelo y ha sido menester enfadarse par: i obligar á lus h o m b r e s preparar la cena en d ¿d e acostarse tainbién Adem ís hace falta, q u e se queden algunos d e cenlintlaji p a c s aquellos alrededores son m u y frecu unta dos por las fieras y también por los salvajes dankalics, N a d i e en la c a r a v a n a siente hambre pero todus los labios anhi. lan a a fresca, Abdi. el mayordomo, nos dice sonriendo: -Kl aijua de los odres está m u y cahcTitc: como It h a dado el todo el día, Pero he enviado á un hombre á que se acerque al rio Auachc, j él nos dír! Í si estamos cerca ó lejos d e la ribera y sí corre por entre los árboles al úu arrnyuclo de a g u a s frescas. -J A quien has e n i a d o Abdii A Halimascal, q u e es mozo b a s t a n t e listo. J l i e n t r a s tauto, nos ponemos á comer. Se destapa mm bntella de apua uiinerah que ya n a d a tiene de gaseosa, v se sirve un tro ¡to d e salmón en conserva, averiado por ei sob que atraviesa el xínc y lo echa á perder todo. Al s e m í- el segundo plato, se oye un temeroso m i d o Uno ile los centinelas que vigilan por el lado del río. acude f rítaudo. -jZoooTint- -E s el elefante... lín un segundo todo el mundo se levanta: los que hablahim en cuclillas en torno del fuego, los que ya se habían rebocado para dormir en t i santo suelo, Corremos todos en pos del centinela hacia la lom. i en que éste se hallaba. -Hueno. pero d ó n d e están los elefantes que dictís? A l l í abajo, J N O veis aquella nube de polvo por cima de los árboles? E n efecto, el bosque brama. U n a fuerza descouocida, que no es una d e las trombas d e arena y vien to q u e suelen levantarse en aquellas soledades, hapf, con fonnidablc: esfuerzo, ceder á la arboleda entera. Todos los cazadores ablsinios llaman á esta oculta fuerza destructora como la ha llamado el centinela: ZooünnL. E s un rebaño de elefantes que aprovechan el fresco del anochecer p a r a cambiar d e pastos. A la izquierda h a y un poco d e campo raso es decir, que en un rancho los árboles aclaran. El niovimiento y ruido del follaje pnarecen encaminarse hacia allí. Si los elefantes atrai iesan el claro, dentro d c pocos minictos los veremos al descubierto. Preocupado, p r e n t o á Abdi, mirándole á los ojos: ¿Habrá q u e p r e p a r a r los c. irluchos del 4 y las balas exploaivas?