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AcorílAo 5- -me r c s p i m l c incnt í M lo 1 n cnl ííKn- le In que os dijn t i NepiiF; LÍ R clefmtttíí so lian vutíUij íii Tus diñado ii i f Itü caza á tiros AUaní, jUus stiii los i iic ilaea: i, -No los o laijuüa j a m á s si no toiiláis con más fucrz. iíi que tllo Ksto es lo que el empcnuior os Ttcomend 6. ¿verda d? I ues bitii; nosotros no somos más qne veinte y ahí debe de liabcr más d e veinte eleíantcíi. N e. -itros luijnbres están muv c; msados. Si los elefantes ventean el campsiniento y se arrojan sobre nuestras tiendas nquí nos dejaremos los huesos. Lo mejor q u e puede sucedemos, señor, e q u e los elefantes no nos vean y sigan su camino montafia arribíiSij niendo este consejo, nos tendamos tridos boca abajo, la cara entre las nuanos. los codos clavados en tierra, esperando tue los elefantes sal an d e la espesura. De p r o n t o los h o m b r e s Tiritan: Allí van. ahí van! -Abro los ojos cuanto puedo, y no veo nada. Los elefantes pasítn eonio á unos dos kilómetros d e nosotros, Y yíi la cfbscuridad ha invadido el horizonte. Yo esperaba verloü al salir del bosque, pero sijlü veo desíilíir por ciiua de las espigas d e avena loea u n a s e n e de enormes caparazones íjtie m. irclmn nmo á cuatro 6 cinco metros d e altura sobre el suelo. Aquello parece 1 a maniobra J e J tortui- n q u e los picrrcro. 4 antÍE; uos hacLin eon sus escudos al acercarse i una fortaleza, sólo que aquí sou descomunales gÍL antes los qUe se resguardan bajo aquellas cora ai nt! raí para recibir los flechazos d e llamas que todavía se desprenden de la cima del monte A s s a b o t íiólo dos ó tre. s veces han levaniado las trompíis 6 cmpimido las cabezas, a g i t á n d o l a s orejas enormes, como en m a r It mpcstuoso un b u q u e Ulereante desmantelado aljca el bauprés y el botalí n d e proa, cargado con un píir d e anclas, hasta q u e la ola ae lo traya é insensiblemente la estela se borra. Así los elefantes pasan como un golpe de resaca, s e g u i d o s d e a l g u n o s remolinos, v después, como antes, v u e l v e u las cosas á s u repodo, á su inluoWIifladH y las tinieblas siguen subiendo. Regresamos á las tiendas y nos echamos sin más ni m á s en las camas d e campaña, porque la j o m a da de m a ñ a n a promete ser terrible. Aáu pesa el sueño como u n a roca aobre todos los pechos, cuando los centinelas de la última guarclia vienen á despertainos, u é hora es? -ni sol está ya alto. H a y que levantarse, y pronto. N o tan pronto que no h a y a tiempo de buscar en las cajas d e eartuebos p a r a cambiar las cartucheras, pues lan balas explosivas n o sirven de n. da p a r a cazar eleíantfs: a n t e s bien, estallan sin que les atraviesen t i cuero. Solamente la bala maciza y larga p u e d e penetrarles baKta los sesos ó llegarles al v MLi. corazón. Así, pues, voy S llamar al mulatero: -jHahmascal? N a d i e responde, -jl h, Halimascal! N o m e o y c s? ¡Abdil lV, ndeos h. ib -is metido? Abdi se presenta, con u n a cara m u v larga, y dice: -Halimascal fu ¿ayer tarde á buscar a g u a fresca v n o ha vuelto, ¿Kstás seguro? Quién es su t o m p a ñ t r o? ¿lioni, V t n acá, Boni. ¿No ñ a s visto á tu camarada? Boni hace signos negativos y Abdi exclania: C o u i o todos estábamos preocupados por los elefantes, nadie reparó que fallaba un hombre. T o d o s nos callamos: los abísinitis nos miran. -Bueno. Abdi; pues h a y q u e buscar á Halíniascal, Helia tú delante con dos ó tres hombres, mientras j o p o n g o en camino la caravana hacia Mullu, porque el sol no para, y es menester que á medio día í UL ontremo agua para las bestias. Hn seguida iré y o en tu busca y llevare el botiquín, I os horas después, ccrcA ¿el río, Abdi sale á r e c i b i n u c sin prisa; no obstante, estoy seguro d e