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LA PRIMERA NIEVE I. I r t n se tíivldu f; caila dos vagones er: i i arriistrndos por lina locotiutU ra cspcri: Ll; pHiTtcía ti cuerpo ílc un uiOTisUiio piirlíflo áUncliazcis. Coiutn ú el Ircii líi subMa J e i.i ul ¡critcH con leiiUtnd, g- irrindose á lo? d i t n l e s ile la crcmíiller: abajo KC veííiun valle y en é) tina aUUa con su ij lesia de l o r r t alta, csírtclia y picuila; eufreiiU- al otro lado del valle. iinmiJihasmoTititñr. s rocosas r t i r a b a n Q! hnnzonte; dc lo al Mídelas i U- t a ñ a s caía a a i torrentes que, escondiéndose c tre los M i e l e s dií las rocas, volvía A aparecer máü abajo, ciibujandtitu las m o n t a ñ a s d e espum a blanca nuc lnE: j; o se precipitaban en un arroyo, con ü ura d e torbellino primero, m a n s o después, y q u e Eli íin en eorrceto cauce iba 1 morír al lago míis próximo, 1- 1 Irtn subía; bundíasc P 1 va lle lentamente. i p a n o r a m a cambio, y por fin llcjíamosá Urñni era la cima d t l njonte, y allí allnnrzamos. Partiníos iiuev. imtnle; bajábamos por el lado Dpneslü de la uunit. fia, los Tagonís, de dosScn dos, se sucedían d e d e n en cien metros; producía un e x t r a ñ o vírtífío aquella bajjida lenta hacia un sitio invisd) le con el precipicio á la derecha del tren, t i precipicio natural de la m o n t a ñ a misma que alijábamos. Ya hacía un cuarto de hora que el tren marchaba, c u a n d o fijé mi atención en un n; n; vo viajero íiue en Urüuig, í in duda, había m o n t a d o en nd departa ni cuto. No dcbi á verle leer u n a novela española p a r a comprender o u c aquella señf rn, luoreua, de facciones claras, ele ra j, os decididos y Cijos inteligentes, era u n a compatriota mía; sin embarco, hasta í ue no vi por el titulo del libro que la viajera leía en mi idioma, no osé decirle: U s t e d perdone, señora; es usted espaííola? ¿Y usted compatriota mío, por lo q u e oigo? -no respondió. -Kn eíecto, soy español. -le dije. -Y y o d e Madrid, -añadió la viaiera, cerrando d libro. -fVa usted muy lejos? -A Interlalccn. -contestóme. yo. H n t r ó el tren en un túnel y callamos; cuando m T. iyo de sol iluminó el interior del departamento, volví á prcguntiirle; Viene usted de Tmcema? -No- me respondió; -híice una semana q u e eS t o y e n lírünig; es un punto delicioso. -Mti 5 alto. -Üemasiado. No ha uevadrt aún? -jOh. no; si hubiera utvadof H i i o la viajera un movimiento COUÍO el de un escalofrío, No le jíusta á usted la nieve? L a temo. ¡l; s tan bonita! Es tan frínl- -me respondió mí comiiañcra d e viaje filoso i caju ente. E 5 tan poéticítl- insistí yo. Es tan triste! H u b o cinco minutos d e silencio; iba v o á h ibTar, pero llegamos á Mc- iriní; en. Hl tren volvió á ligarse, los pedazos de la fiera se imitron y a l g u n o s minutofí después corría todo el tren por un valle al lado de un rio y con una velocidad extraordinaria; á la derecha se elevaba l a m o n t a ñ a prigantesca q u e habíauío: bniadcín y í todo lo larjjo de aquel ciclópeo cuerpo ik- granito distinsiiíasc u: a oblicua roturación; era la línea férrea: era la sangría vb ¡erta por el p r o t s o ¿la Naturaleza. Sólo algimas vulgaridades candiiamos mi compatriota yo h a i t a la llegada á Brienií; allí bajam o s del tren para entrar t n e 1 vapor que. atraves a n d o c lago, nos había de llevar á I n t e r h i t e n Sobre cntiíerta, acariciada la cara por un viento suave que la marcha del vapnr producía, reeorda-