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Ei pobrecillo Adán paga el pato como siempre; los pescozones que con su natural perspicacia había vaticinado, no se hacen esperar. ¡Ha sido Eva, tío, ha sido Eva! ¡Tío, yo no he sido! Esta frase última, sacramental desde los tiempos de la serpiente, indigna más al tío. Ni la niña alcanzaba á coger la rama, ni es creíble que á ella se le haya ocurrido tan funesta fechoría. Y los pescozones menudean interesando la piel y los tejidos blandos como dicen os, forenses. Eva presencia el deplorable espectáculo sin conmoverse lo más mínimo, y hasta sacando la lengua á hurtadillas. Adán, cabizbajo y acongojadísimo, es conducido a l a casa paterna, donde le aguardan nuevas reconvenciones. Afortunadamente el castigo se limita á pura retórica familiar, á cenar ligero y acostarse antes que las gallinas. En el silencio de la noche y en la obscuridad de su cuarto, Adán, preocupadísimo, no puede dormir. Tenía razón Eva: él, Adán, es un tonto, un maula al haberle hecho caso á ella para que luego se le burlase como una bribona la muy... Pero lo cierta es que del pensamiento del chico no se; aparta el recuerdo de su prima, de los ojillos que le ponía para convencerle. ¡Pobre Adán! ¡Perdido, perdido para siempre! Entretanto en casa de Eva han ocurrido formidables acontecimientos. Como había previsto Adán, á eso del anochecer la niña siente unos intensísimos retortijones de tripas. La manzana verde se le haptiesto de pie, y la pecadora gime sin consuelo, no plañendo su falta, no, sino quejándose del justo y condigno ca. stigo El papá hace esfuerzos por fingir una actitud severa, pero bien se le conoce que á él le duele más que á su hija. Llega el doctor, barbudo, terrible, con los ojos negrísimos metidos en los marcos de las gafas de oro; aquelfos ojos, queriendo ser amables, regañan, pinchan, aterrorizan á la pobre Eva, que cree llegado su Dostrer momento. El doctor manda hacer una cataplasma con láudano, y la cuitadüla nena siente que le abrasan la barriguita con una cosa que huele á azafrán y á hierbajos, como el cocido de los albañiles. Entonces, el miedo al dolor y la repugnancia física que aquel menjurge la causa, verifican una reacción en el ánimo de Eva. Reconoce su falta, aunque no lo confiese, y de pronto siente inmensa compasión por el pobre Adán, y de la compasión nace el amor en Eva, como en Adán había nacido ya del escozor de los pescozones. Dios desde el cielo bendice la unión de aquellas dos almas, y Santo Tomas de que anda por allí cerca, declara la necesidad del pecado, porque si el pecado de la manzana no hubiera acaecido, el mundo se hubiera quedado sin dolores, que son los que engendran el amor. F. NAVARRO Y LEDEvSMA D I B U J O S D E MUÑOZ L U C E N A Y A L I I E R T I