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KJL. TOFO T r o n o s los ailos, al llegar los primeros calores estivales, la familia Binot- -incluso Mr. Binot, hijo de seis años de edad, -se traslada á la alegre casa de campo que posee en el país de Mans á descansar pacíficamente de las fatigas cotidianas y de la fiebre de la gran ciudad. ha. casa es limpia y alegre, con su tejado de pizarras azules, sobre las que resbala el oro vivo de los mediodías soleados; con sus muros revocados de cal blanca por los que trepan los brazos nudosos de una parra centenaria. Un jardín cercado de setos vivos se desarrolla- alrededor en arriates uniformes, en calles cuidadosamente limpias y llanas, que sólo manchan la sombra de los árboles vecinos; en macizos rodeados de boj, donde, como vírgenes en claustro, sonríen las. flores más lindas y delicadas. Este jardín, tierra inculta antaño, es el orgullo de la familia. Todas las mañanas, con el tibio resplandor que sigue á la aurora, acude á él Mr. Binot hijo, sin casi vestirse, con los cabellos enmarañados por el sueño, los ojos impacientes, porque quiere ser siempre el primero en contemplar las coles de vigoroso verde, por las que se deslizan perlas de cristal; los manzanos cargados de fruto aterciopelado, donde gorjean bandadas de gorriones; los linos rojos; los ligeros pétalos de fuego que bordean los paseos. Y delante de los macizo. graciosamente floridos, se detiene y se siente feliz, contemplando con amor los pensamientos y las palmeras enanas que se despiertan á las caricias de los rayos del sol; cuenta las corolas nuevas de las hortensias multicolores, y absorbe el perfume embriagador de los claveles blancos y de las resedas. II Mr. Binot hijo no se ha desayunado hoy. En el jardín- -orgullo de la casa- -un topo ha pataleado durante la noche las calles cuidadosamente llanas, ha hecho nacer en los macizos, donde sonreían las flores más lindas y delicadas, erupciones de estiércol, desagradables como botones de fuego en las frescas mejillas de una linda joven. El jardín, horriblemente destruido, tiene el aspecto desolado de un campo de batalla, la tristeza silenciosa de un cementerio. I as hortensias, sepultadas bajo los montones recientemente removidos, sangran por todos sus tallos; los pensamientos parecen lanzar miradas melancólicas, agonizan dolorosaniente y semejan implorar la piedad de las palmeras mutiladas y de las magulladas resedas III Mas ya cayó; ahí está preso en un lazo, donde se agita en vano, el topo, el horrible topo, vestido de negro como los saltatumbas, con los ojos disformemente redondos y llorones y las patas semejantes á las palas de un sepulturero Mr. Binot hijo le examina fijamente, con rabia, y busca en su ruin cerebro de hombre culto un suplicio cruel, con infinitas torturas en relación con la monstruosidad del delito. Quiere ahorcarle, quiere atarle cabeza abajo en cualquier rama de manzano, y verle retorcerse bajo los ardientes rayos del sol, en supremas convulsiones. Quiere ahogarle, zambullirle en el agua estancada de la cubeta vecina, y asistir triunfante á sus espasmos dolorosos, á su lenta, muy lenta agonía. Y para darse más valor, para encontrar quizá un suplicio más atroz todavía, contempla de nuevo los macizos rodeados de boj, donde agonizan, como en jardinillo de hospital, las hortensias amputadas, donde se mueren los lastimeros pensamientos y las pálidas resedas. IV De pronto se ve á Mr. Binot hijo, radiante, satisfecho. El castigo vengará como conviene á las pobres flores, las flores amadas, que poco antes sonreían tan lindas y fragantes; y ya todo su ser, estremecido de espanto, sueña con el horror del suplicio inventado. En la tierra cava una fosa profunda, una fosa hecha para los últimos sufrimientos, y ¡entierra vivo al topo! ALEJANDRO i. II! U. IO DE R E G I D O R GOICHON