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dándose, á costa de la generosidad de Sagasta, muy buenos harta gos de cordilla y de algo más sustancioso. Despreciable debe parecer á todo hombre de nobles sentimientos la acusación de que esa benevolencia mal calificada de corrosiva ha producido en los ánimos cierta blandura y molicie que contrastan con la implacable odiosidad reinante e: i los pasados tiempos. Al contrario, debe estimársele y agradecérsele á Sagasta, como uno d 2 sus más grandes y positivos servicios, el gran progreso que la dulzura de su carácter bonachón ha introducido en las costumbres políticas, la cortesía y deferencia con que hoy día se tra- E C O R T E J O FUNTHl E EN l. A P I A A DE CÁXOVAS F O l M E D I A V I L L A Y GALLO tan los adversarios en ideas, la hidalga tolerancia que existe entre los que hace cuarenta años se combatían á sangre y fuego. En tal sentido, puede asegurarse que nadie más que Sagasta ha e iropeizado r. uestra política. Así, ya que no por otra LA CARROZA D E L O S M I L I C I A N O S N A C I O N A L E S F O T M E D I A V I L L A V GALLO TS t: m T 4 a I Í VJ iÁ 3 K -Ji: íi f ai cosa, pueden admirar nuestras Cámaras los extranjeros que las visitan por la discreción y mesura que en las discusiones suelen reinar; al recoger heroicamente un casco de granada caído en el hemiciclo la tarde en que fué bombardeado el Congreso, hizo Sagasta algo más que un sublime acto de valor cívico: recogió y arrojó lejos de la. s Cortes, con romana gran- DE H O M B R E S I L U S T R E S POT. X deza, un último rastro de nuestros feroces odios, de nuestras pasiones fratricidas. ¿Sería hoy posible, se concibe siquiera que un Gobierno condenase á muerte en garrote vil, como fué condenado Sagasta, al jefe del partido contrario? Pues ciertamente que de los hombres de la Revolución, muchos de ellos con las manos manchadas de sangre, ninguno hubiera logrado suavizar los hábitos, dulcificar los procederes en tanto grado como Sagasta lo hizo. Y si después ha habido una Afano negra y un Montjuich, no ha tenido en ello culpa ni parte el bondadoso viejecito á quien ni errores ni desventuras pueden quitar el título de padre de la patria. F. N. L. LLEGADA DEL ENTIERRO AL P A N T E Ó N