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fo es tarde hoy, no lo será dentro de un sig- lo- -para hablar del grande hombre muerto- -la semana pasada, para recordar su fisonomía simpática, su poderosa inteligencia, su gravedad sonriente, su juvenil ancianidad, su elocuentísimo silencio, su calmosa y humana filosofía. Mucho y bueno se ha dicho de él en los días pasados; mucho queda aún por decir, muellísimo tiene que hablar de él la Historia, y el juicio de ésta, por severo que quiera ser, no podrá menos de resultar favorable. El cejijunto historiador del porvenir tendrá la desgracia de no haber visto cara á cara al inmortal español; esto perjudicará algo á Sagasta, porque la amabilidad y la seducción que irradiaban de su persona eran propias, como la hermosura de Friné para desconcertar á los jueces más rígidos. Sagasta era un ilustre político, un orador incomparable, pero antes que eso y más que ello era un hombre, y según van poniéndose las cosas, dada la afectación histrionesca que nos domina y el afán de ostentar motes pegadizos, titulejos y calificativos, será menester considerar la calidad de hombre como título honroso, y grabarla en las tarjetas como si fuera una condecoración. Sagasta era un hombre tanto más grande cuanto más humano. I a superioridad de su naturaleza se