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inclinándonos ya hacia la tierra que nos espera. Hacaz falta manos Jóvenes fara sostener el peso que se cae de las míestras. i- i- i 2 ¡Manos jóvenes! ¡Pobres manos esqueletosas, arrugadas, temblonas; manos débiles y vacilantes manos de momia iníantil, heladas en la sombra del cla- jstro; Como sarmientos secos, los dedos se acogían al amparo del crucifijo y no encontraban otro calor de vida que el que viene de la esperanza de un mundo celestial. Algún día íueron blancas como el ampo de la nieve, y comola nieve se deshizo su blancura, acariciando cabelleras infantiles, señalando las letras de los silabarios. III Ya que te encierras para siempre y abandonas el mundo, déjanos que hoy te llenemos de flores. Las amio- as pusieron en el vestido negro de Carmencita las flores más alegres, en la cintura y en el pecho manojos apretados de rosas y entre los cabellos un clavel abierto. Querían que entrase alegremente en su refugio y que abandonase, de la vida que abandonaba, un recuerdo fragante. Todos los amigos, ¡todos! la llenaron de flores también. -Carmencita, antes de que te vayas tienes que oírnos, para que sepas lo hermosa que eres. Como ya no hemos de ver los ojos de Carmen, sino los de una hermana; como rio hemos de verte sonreír como ahora, ni lucirán como hoy los bucles de tus cabellos, déjanos que te queramos y admiremos á nuestra Carmencita. Ya te respetaremos después como hermana y t e veneraremos como santa. ros 3 efluvios de arboleda. ¡Qué hermoso estaba el cielo y cuan misteriosa la umbría! Creyó Carmen que antes de aquella primavera apacible no había habido ninguna y que iba á durar eternamente. Se apartó de la ventana para entrar en la clase, cuando vio llegar á la hermana Angeles y detrás de ella otra hermana con un rimero de libros en los brazos. Eran todos los recuerdos de la ancianíta, las páginas que habían entretenido sus horas de soledad. -Así como tienes mis niñas- -dijo á Carmen, -quiero que tengas también estos tesoros que yo no puedo volver á repasar. Eran viejos libros de pedagogía, vidas de santos, obras piadosas y místicas. Abrió Carmen las primeras hojas y vio en casi todos una fecha: Airtl 1830. -Es la fecha de mi entrada en el colegio. ¡Más de sesenta años habían pasado desde entonces! Otro libro con cubierta de pergamino recio y amarillento, llevaba en tinta pálida una fecha más vieja; 7750. -Hija mía, me le dio una hermanita, como yo te le doy á ti. Carmen sintió que corría por sus venas una frialdad extraña. La infundían temor y respeto aquellos libros cien veces repasados, como si en ellos estuviera el alma de sus antiguas dueñas j en ellos hubiera de quedarse también la su 3 a. -Y ahora, óyeme, Carmen: como no he de volver al rincón de la clase, pide á las niñas que ningún día dejen de venir á mi celda: quiero sentirlas cerca de mí para saber que vivo todavía. ¿Por quién fueron las lágrimas que asomaron á los ojos de Carmen? ¿Fué la piedad para la pobre anciana ó para su propio por -enir? Besó las manos de la hermana Angeles y entró en la clase. Calló la algarabía de las pár -ulas, que convertían el aula grande en un campo de trigo poblado de gorriones, y al sentarse ante su mesa de trabajo, Carmen sintió que recobraba la dulce serenidad del ánimo, el amor á un d e b e r y l a fe en un ideal. IV Todos los días antes de entrar en la clase las mayorcitas se asomaban á la celda. ¡Buenos días, hermana Angeles! Con esto se cercioraba de que no la habían olvidado, y el timbre de aquellas voces bastaba para que la obscuridad de su ceguera estuviese habitada por coros de ángeles. Algunas llegaban á besarla la mano; otras cumplían diariamente por rutina y pasaban de prisa con cierto pavor supersticioso. Hasta que un día llegaron á su oído otras voces angélicas, y desde las puertas del cielo vio que la llamaba un enjambre bullicioso y alado. Estaban esperándola las almas puras de sus niñas, todas las que en sesenta años había visto abandonar la tierra, dejando en la clase de párvulas un banquito vacío. L r i s BELLO DIBUJOS DE ALllEUTl