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I r t Si i í -Tai i l ilffiS. 5 r v LOS DOS OREPÜSCULOS UÉ le importaba la primavera á la hennaiia Angeles? Todas las estaciones eran iguales oara ello herir s í m n n d o? e l f l T tes n u e v o s i ú l a luz del sol l l e g a b a L s t a s s? os sTno para herirlos El mundo se acababa en las paredes del jardín, mejor aún, en las paredes del colerio tiornue á a r n í ñ a s s Í J o i o s t u r b f f P Cierto qu ¿ni con gafas n? sin elLs ¿c a S á r i er Brotaban en el jardín las primeras rosas; poblábase el alero de los tejados de golondrinas t e m o r a i S? l e s 1 ero? T T y P fjotaban nubecillas blaicas como ilusiones y e S ¿o s mS- eri? l rmana Angeles dormitaba detrás de sus gafas ¿Qué le importaba á ella la pri! le n odí- f rl 1 v ÍÍ- l las venas un hormigueo diabólico. Como estaban solas con la hermana Andeles, podían divertnse y alborotar y llamarse unas á otras en voz alta. Saltaban los bancos revolvHn eC ZÍ Í c a b e z a y r í v í l t y í y estaban las niñas así, Carmen, la señorita Carmen, apareció en la puerta. Huyeron todas a sus puestos rojas como la grana, metieron las narices en sus libros de lectura y calló la clase con uu silencio tan absoluto, que la hermana Angeles se despertó sobresaltada como ¿ihuWere caído de pron to en el vacio. La señorita Carmen no dijo una palabra. Muy seria, muy grave murrSIiestuosa? omo siempre, sentóse ante su mesa, llamó á las párvulas, y empezó su íeccio n x S a a r r e f f i a s Tas m i las y bajo el curvo velo de las pestañas brillaban en sus ojos lucecitas inquietas Ni las niñal líi la hermana Angeles podían adivinar su excitación, pero estaba radiante de ale- ría r, r o? e fn? r í L f i no era ya alumna. Su único sueño, eí de llamarse erma a como las profesoras, el de tener su clase, su lección, sus, niñas, como un derecho, no como concesión p a s a i- n Iba a realizarse muy pronto Tenía valor para abandonar el mundo, par ¿dedicarse d e í l e n á s Í L 7 V Tit -T- burlan de ella y no hacen caso. ¡Hija m í a S s teneirqiTe s u s t t o nos! ¡Hacen falta manos jóvenes para sostener el peso que se cae de las nuestrasi sustituir ¡üran tan lindas tan blancas, de líneas tan delicadas aquellas manos iuvenilesi Puestas así sobre U cabecita inclinada de una niña que busca el premio d e u n i caricia, d e s c i n J a X e A S u e d e á s de oro parecían mas hermosas que nunca. ¿Dónde hallarían un empleo más noble y un ideal n ás ¿uro? n Cuando se entero la hermana Angeles no dijo una palabra. Era verdad: estaba muv achacosa nn veía ni de cerca m de lejos, las niíias se burlaban. Bien comprendía ella las mudanzas d e f t e m p o T vida es transito y para la pobre hermana ¡cuan lento, cuan fatigoso el paso p o r l a vfda La superiora la llamó á su cuarto: Hermana A n g e l e s- l a dijd, -quiero qSe me l o- a usted bien T s un asunto de orden interior, de disciplina del colegio La única voz que llegaba claramente á los oídos de sor Angeles era la de la superiora acaso r nrni, P. la autoridad y el cariño aguzaban y sutilizaban sus sentidos. No necesitó o i r! o d o r v e c é s L r d? s c Í p i na del colegio exigía que ella cediese el puesto á una hermana más joven -i e n d r e m o s con nosotras a Carmen, que es un prodigio de dulzura y de talento Profesará innv pronto. Esta acostumbrada ya á dar la clase de las pá rvulal Angeles, mi b L n a Angeles, 5 s dos l a m o s