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A J- NOVELA DE PAUL DE KOCK CAPÍTULO X I I I UNA TORPEZA DEL CONDESITO D ANTIN A SÍ que recibió la carlita de la honorable Hortensia, el condesito se apresuró á ir á casa de su buen amigo y camarada el elegante Gossé, para darle cuenta de su triunfo. -He aquí- -le dijo al leerla su amigo- -un hombre verdaderamente dichoso. ¡Ah! querido d Antin, cuando se tienen veinte años como vos, una cara tan seductora, un aire. tan deliciosamente tímido y un abono en los Italianos, no es difícil rendir un corazón como el de madame Hortensia. Pero es preciso que perdáis un tanto esos modales de colegial y adoptéis maneras más resueltas y elegantes. -Justamente por eso venía á veros; vos, por quien he conocido á algunas jóvenes grisetas y á las actrices del Chatelet, sois para mí, joven de provincia, mi más necesario Mentor. ¿Qué debo hacer para parecerle interesante á la preciosa Hortensia? Gossé no pudo contener una sonora carcajada al v e r l a cara tan compungida que ponía su joven amigo, y decidido á sacarle de tan apurado trance, le dio algunas rudimentarias lecciones sobre lo que convenía hacer para conseguir el amor de madame Hortensia. D Antin salió muy satisfecho de casa de Gossé, tanto, que ni siquiera advirtió el primer peldaño de la escalera, y perdiendo terreno bajó rodando dos ó tres tramos, con gran contento de las oficialas de la señora Fabar, que subían en aquel instante y que no pudieron menos de soltar el trapo, riendo la ridicula situación del condesito de D Antin, Nuestro amigo aprovechó la oportunidad de que pasaba un íiacre, y dándole al cochero la dirección de madame Hortensia, se dejó caer, confuso y avergonzado, sobre el asiento del carruaje. Madame Hortensia aguardaba con impaciencia la visita del conde. Dos ó tres veces, en el transcurso de una hora, había llamado á Genoveva para preguntarla si la encontraba bella y capaz de inspirar una pasión. Hay que advertir que madame Hortensia frisaba muy cerca de los cuarenta años, extremadamente gniesa y pequeña de estatura; al verla en pie y echar á andar parecía una inmensa bola que venía rodando hacia nosotros. Por la mañana fué la desesperación de su peinadora. Ningún peinado lo encontraba de su gusto, y fué labor difícil poderla convencer de que estaba más hermosa que nunca. Había ceñido á su cuerpo una elegante bata de flores y dragones amarillos, y semejaba un inmenso farol japonés visto desde lejos. Sobre su cuerpo había materialmente volcado dos ó tres frascos de una esencia tan fuerte, que no se podía resistir. Sonó el timbre. ¡El es! suspiró madame Hortensia, y tomando una actitud de alarmante pudor, esperó sonriente en su gabinete al joven condesito. Nuestro amigo, que ya no se acordaba ni por un momento de las breves lecciones que le había dado su amigo Gossé, enrpezó por tropezar al entrar ep. la habitación, entornada discretamente á media luz, en un magnífico jarrón, que cayó al suelo haciéndose mil pedazos. Madame Hortensia, que creyó adivinar en el condesito una emoción inspirada naturalmente por un amor intenso, haciendo una seña á la doncella mandó que le sirviesen al condesito una copa de Chartreuse. D Antin era la primera vez que bebía una copa de licor, y estuvo por rechazarla; pero acordándose por un instante de las lecciones de Gossé, aceptó, esforzándose por sonreír. Madame Hortensia la apuró de un trago, mientras el pobre D Antin hacía mil esfuerzos para bebérsela. No bien la acabó de beber, cuando sintió grandes mareos, oleadas de calor en la cara, que madame Hortencia siguió creyendo eran rubores propios de una declaración amorosa. D Antin se enjugó varias veces el rostro, y no pudiendo soportar por más tiempo su molestia, agravada por el penetrante olor de los perfumes, se puso en pie, 3 saliendo al vestíbulo, se dejó caer sobre un canapé, casi aplastando á Zaiy, un perro faldero en el que madame Hortensia tenía puesto todo su cariño, y que, ajeno á lo que pasaba á su alrededor, dormía tranquilamente. ¡Y para esto- -se decía madame Plortensia- -me he pasado tres horas en el tocador y perfumado mi cuerpo con esencia de Cleopatra! ¡Pobre D Antin! Nunca pudo olvidar su primera entrevista amorosa. LUIS G A B A L D Ó N