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y n a d a allivo ui orgulloso: me Iiüii dicho que en sus ratos de ocio att dedica á c firajero, ¡Bah, bahf Hablillas. -Vava usted á saber- -No, si afinuan q u e lo hace p a r a adelgazar, q u e trabajü con Un cerrajero d e veras y que éste le estd cusciSaudo el oficio. -Pues á mí, eso me parece de perlas; está m u j bieu que los reyes sepan hacer al; E u esto, redoblan los tambores á lo lejos, suenan los pífanos, se levantan las nubes, el cíelo aparece claro, pálido. Un n m i o r sordo y creciente se oye por la calle Vínocq, ¡La carroza! 1- a carrozal y todas las voces repiten este j ríto Cumo j u g u e t e s nutvecitos que salen d e su caja, aparecen por la p u e r t a g r a n d e d é l a Casa Consistoría. 1 los altos personajes vestidos d e jrrau iila y se colocan entre las columnas d e pórfido: en medio el obispo, a su derecha el párroco de San Waast, y detrás y en torno d e ellos u n a marejada de sedas d e colores chillones q u e se mueven, se ay tan, se colocaic. P o r cima d e las figuras los siete arcos de la columnata coronan de sombra la abigarrada visión; en el fondo oscuro del p i n i c o un ffrupo de muchachitas vestidas d e blanco parece un ramillete d e Titargaritas oculto en u n a cueva. Súbito, la música municipal escondida en un rincón entona un paso de baiíe, y en aquel instante los dragones d e l a escolta desembocan en la plaza á todo galope. Detrás, por entre las cabezas de los caballos, Se divisa u n a tabla brillante que refleja las luces; el techo de la carroza. Los curiosos se ponen de puntillas. La doble fila de los dragones se despliega en forma de abanico y el coche regio se adelanta basta llej ar á las alfombráis; los caballerizos se l a m a n á las portezuelas. Primero baja del coche la Delfina: ya se la ve, erguida, s ó n d e n t e Tras ella aparece el Delfin. con casaca de color avellana. Levántase inmenso clamoreo en di rredor d e ellos, y en la plaza entera, en p u e r t a s y ventanas, en paredes y tajados suena un viva entusiasta, vibrante, grito de amor y de gratitud, alegría filial que envuelve á la pareja en quien todas las esperanzas se fundan, la futura reina y el futuro rey. Todají las miradas se fijan en ellos. El está grave, un poco pálido, un poco fatigado, los ojos algo saltones: ella, al contrario, yeríju la frente un t a n t o provocativa, aspira con fuerza el valió de vida, lanza miradas de frente por bajo d e los altaneros arcos de sus cejas: su boca parece lanzar un beso á la muchedumbre; plumas y penachos titilan sobre los rizos de sus cabellos rojos- Todo en ella parece vivo, animado: h a s t a sus ropas. El pueblo no tiene ojos sino p a r a ella, y el arrti i del saluao popular acaba, al mirarla, en un suspiro de cariño y ternura. Mujer, al fin y al cabo, se h a visto rodeada de amor y t o m a la cabeza, sonriente, hacia otr persona que se de: Iiza del carruaje. E s una fi urita menuda, temblorosa, deslumhrada, con los ojos llenos de lá rimas al contemplar el