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I V tir que mi tío era doceañista, casi volteriano, nada avenido con brujerías y ñoñeces. De aquí de esta misma casa en que estamos, salieron muchos Castros y Pimenteles para hacer g- randes servicios al país y al trono. Como en todas las extensas estirpes, hubo de todo. Uno que murió en Flandes; otro que desollaron los turcos: otro que sacó del gobierno de Méjico la plata por arrobas- tal que murió en silla episcopal muy honrado y enaltecido; cuál, que brilló en las humanas letras y fué lumbrera de sínodos y cabildos; y por no faltar nada, no faltó quien muriera en la cárcel, no más que por excederse un tanto en adelantado y aventurero. La casa como ustedes ven, se viene abajo al peso de tanta gloria; y no hay pared sm grieta m techo que no dé paso á la luz con harta v pecadora comodidad. Con la desamortización se fue el vinculo, se fueron las rentas, se fueron los censos y el señorío y el coram vohis... Ya no me queda más que esta ruina. -También queda- -dijo uno- -ese blasonado y venerable tonel cuyo es el noble vino que bebemos. -Vino mezclado con plebeyo mosto. No hay que fiarse, señores; al cabo de doscientos años, si el tonel no se refresca, no hay vino que beber. El doceañista tenía razón al escribir en su libro de horas- -que alo- una vez hacía que rezaba: Nos hace falta un poco de plebe. Y en cierto lugar de El Quijote estampó también de su puño y letra esta otra rara observación: Un conde pedía Sancho para su hija: Don Quijote adoraba á una labradora, Casárase con Sanchica y todo concluyera en paz y en honra de un linaje fuerte. i. Pues lo que iba diciendo es que mi tío, tan poco dispuesto a libros de caballería tuvo una noche el triste capricho de soltar los chorros de esa fuente hoy casi ahogada por las ortigas yjaramagos, como todo este condenado jardín que huele á cementerio. Tiró de aquella asa de hierro que veis en esa esquina, dejó caer el sillar verdinegro, y haciendo funcionar con gran trabajo el enmohecido resorte que hay en el hueco, lanzó sobre la fuerte la espumosa vena. Era á estas horas, en el crepúsculo plenilunar, en que se funden suavemente lop tonos rosa, dos del sol desaparecido con la claridad plateada del astro de la noche. j Primero, dice que oyó un sonido ronco de fauces resecas; luego, una trepidación de marmoles despertando... al fin, un cántico triunfal, una especie de himno á la gratitud y á la vida que acompañaron los polvorientos cipreses humedecidos y resucitados. Un aura fresca se esparció por el jardín abandonado, como soplo de vida ¡Ah, el agua es divino deleite! ¿s como latido musical de las cosas confusamente animadas. Os lo probaré haciendo lo mismo que mi tío: ayudadme á mover el resorte, que quizá funcione por última vez ¡Así! ¿No oís? Es el agua que ruge de alegría llenando las arterias rotas: ya salta, y a e n vuelve la fuente con sus caños espumosos; cada agujero, cada grieta, es otro caño. ¿No sentís cómo este jardín ha encontrado su alma? ¡Oh, Píndaro, qué bien hiciste al cantar al agua, lo mejor del mundo! j i- -i Ahora, ved eso: de la espuma se va formando una niebla en lo alto; la sombra de aquel ciprés la destaca, perfilada, casi personal... ¿No veis que ya no es niebla, que es fantasma vago, medroso, ondulante, amarrado á la fuente por lazos aéreos é inrrompibles? ¿No os parece el contorno de una mujer blanca lo OÍ contar á noches en Horacio- -nos SEdecía don Juan, mi tío, un buen hombre que pasaba Pimenteles velala traduciendo áhay que adverel último vastago de los Castros y de comarca; -y