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NOVELA POR ENTREGAS CAPÍTULO X l v n i DE DONDE SE- VIENE EN CONOCIMIENTO DE QUIÉN ERA DON ENRIQUE DE QUIRÓS CON EL TRÁGICO SUCESO QUE ACONTECIÓ D E S P U É S ia vuelta del camino real qae conduce al vetusto castillo del Cuervo, nido de águilas y cigüeñas, únicos moradores hoy del que fué antiguo solar del condestable D. Pero Hernández de Zúñiga, muerto en infamante cadalso por haber caído en desgracia del rey, y en el mismo punto donde se separa, siguiendo la margen derecha del río, la carretera que va hasta Segovia, hay, ó mejor dicho, había por los años de 1600 un mesón llamado El ciervo de oro, donde era fama se servían los mejores cabritos y el mejor vino de la ribera. Era el tal mesón muy visitado por feriantes de los que allí pasaban á los mercados de Troncóse, Medina, Seca y Espinella; cuadrilleros de la Santa Hermandad, comediantes y alguna que otra silla de postas que hacía alto para mudar el tiro. No faltaban maliciosos que asegurasen que más que el vinillo y los cabritos, daba fama al mesón la hermosura de María, la hechicera hija del mesonero. Pero ninguno de los que por ella suspiró amores pudo rendir su corazón; digo ninguno, y miento: alguien había que más seductor que los demás ó más afortunado pudo cantar victoria. Oigamos, aunque pequemos de indiscretos, una interesante conversación al pie de un añoso roble, donde se veían todas las tardes María y el galán afortunado, un gentil capitán de arcabuceros llamado Enrique de Quirós. -No sé qué os ocurre hoy, linda María, que os veo triste y silenciosa. ¿Acaso no me amáis? ¡Si eso fuera, me consideraría el hombre más desgraciado! ¡Oh, no! -dijo vivamente la niña. -Quizás porque os amo tanto es por lo que me veis así. Enrique suspiró satisfecho, y tomando una mano á María, la retuvo cariñosamente entre las suyas. ¡Decís qtie por qué estoy pensativa! No sé por qué, recelo que vos no sois lo que me habéis dicho tantas veces, sino que sois persona más principal y acabada, y juzgo cuan difícil será entonces que la hija de un mesonero llegue hasta vos. ¡Oh, callad, callad, preciosa criatura- -dijo Enrique cubriendo de besos la mano de la niña; -desechad tal temor, que si así fuera, yo sería el primero en descubrirme ante vuestro padre dándole razón de mi estado; que yo os amo, encantadora niña, por vuestra hermosa alma y juveniles hechizos, capaces de trastornar la mente no á un modesto soldado como yo, sino al mismo rey en persona. ¡Ah! sí, tenéis razón; os creo, os creo, -exclamó la joven radiante de alegría; pero arrepintiéndose de aquel arrebato amoroso, bajó con timidez la vista. En este punto comenzó á caer la tarde. Por detrás de los montes, el sol se iba hundiendo lentamente, esparciendo por la llanura sus débiles reflejos de luz amarillenta. Losjóvenes amantes se pusieron en pie. -Ya es hora- -dijo María- -de que regresemos al mesón. Y entrelazadas stis manos, mirándose como queriendo fundir con su calor las dos almas, empezaron á caminar despacio, temerosos de llegar pronto, ebrios de felicidad y ajenos á todo cuanto á s u alrededor pasaba; tan ajenos, que ni siquiera notaron el violento galopar de unos caballos que se acercaban. Eos jinetes en poco tienapo dieron vista á la enamorada pareja, con gran contrariedad y visible disgusto de Quirós, que no tuvo tiempo para ocultarse de los jinetes. Estos, así que le vieron, echaron pie á tierra, y sin advertir la presencia de María, que atónita contemplaba la escena, exclamaron: ¡Señor, poneos en marcha apresuradamente! Un grave motín, capitaneado por el conde de Buitrago, pone en peligro vuestra corona. Aún es tiempo; venid, que vuestros leales vasallos os esperan. ¡Era el rey! ¡Pobre María! Pálida como la muerte llegó al mesón, conteniendo difícilmente los sollozos que la oprimían el pecho; besó á su padre, que no advirtió en ella nada extraordinario, y después de leer repetidas veces la última carta de Quirós, se dirigió al pozo, y diciendo ¡Perdón, padre mío! p se arrojó desde el brocal al fondo. Desde entonces cuentan que siempre que al anochecer se escucha por la carretera galopar de caballos, una figura vestida de blanco se asoma por uno de los torreones del castillo del Cuervo y agita un pañuelo encarnado. NOTA. Con la presente entrega recibirán nuestros lectores una plantilla para la colocación de las láminas. POR LA PARODIA, Continuará El amor en las novelas de Paul de Kock- LUIS GABALDON