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Pero ningún río europeo tiene, como el Guadalquivir, tantos encantos en sus riberas para el ensueño, para la tradición, para las escapatorias del espíritu á la misteriosa región donde lo imaginario es realidad; ¡país dichoso, no más extenso que cualquiera de las floridas y minúsculas islas cuyo contorno acarician las aguas del Betis, pero más poblado que la nación más íecunda y poderosa de la tierra! Asombra en las orillas del Ibaizábal, próximo ya á su desembocadura en el Cantábrico, contemplar las altas chimeneas y los negruzcos edificios de los altos hornos. Pone espanto en el ánimo ver cómo surge de pronto, á manera de estallido de un volcán, la inflamada lava de los convertidores, relámpago que se convierte en semillero de brillantes chispas que se reflejan é incendian con su resplandor las grises ondas del río vascongado. Los mil y mil rumores estridentes de la actividad del hombre suenan á uno y otro lado del Nervión con crujidos de hierro, retumbos de barrenos, alaridos de sirenas que Uaman ó despiden á los operarios de las fábricas, golpeteos roncos de mineral que cae en las entrañas de los buques, y el formidable himno del trabajo acompaña á las aguas del anchuroso río hasta que el mar las recibe en su seno. Pero esos mil ruidos que atestiguan una vida nueva, y con su agria armonía evocan en el alma del que los escucha una vaga canción del porvenir, no tienen para muchos oídos el encanto que les produce el suave rumor de los remos batiendo los aguas del Guadalquivir, rumor Ueno de caricias y misterios como una rima de Becquer. En vano la industrial Sevilla desparrama por las orillas de su río grande centros fabriles y factorías comerciales; todo el vigor de la vida nueva, con tan poderoso relieve acusado en las márgenes rocosas del Nervión, bajo un cielo gris y en la proximidad del terrible Cantábrico, todo ese vigor cede y desmadra en las floridas riberas del Betis, inundadas de luz por el sol de Andalucía, y más propicias á los ensueños del- iWí A- Vamor que á las inclemencias del trabajo. ü Ya aquellos sibaritas senado. x res romanos, de augusto entrecejo para dominar el mundo y de delicado paladar para el saboreo de los placeres, eligieron las márgenes del Guadalquivir como lugar predilecto de apar. 1 tamiento y recreo. Los patricios de Roma poblaron aquellas risueñas orillas d e p r e c i o s a s quintas casi ocultas entre los rosales, y en ellas olvidaban las crueldades del César aspirando el delicioso perfume del azahar y de las rosas. A la orilla del Betis edificó también el fantástico D. Juan su fantástica quinta: y á ella conúujo á doña Inés para regalar su oído con las famosas décimas, balbuceadas por todos los actores y aficionados que en España han sido, y aun por todos los españoles que se sienten un poco Tenorios, es decir, por. todos los españoles. Y como si esto no fuera bastante, otro genio de nuestra literatura, el inmortal duque de Rivas, dejó en la más hermosa de sus producciones dramáticas aquellas frases que arranca á D. Alvaro el recuerdo del bien malogrado: w, 5. i W ii -t ¡Sevilla, Guadalquivir, cuál atormenláis mi mentel que vienen á los labios de todo aquel que siente la nostalgia de algún sitio apacible y encantador perdido para él de por vida. El Ebro será el río de nuestra nacionalidad, pero el Guadalquivir lo es de nuestras leyendas; el Ibaizábal ó Nervión arrastrará al Cantábrico sus aguas mezcladas con el sudor del trabajo, pero el Betis lleva las suyas al mar adormecidas por la dulzura balsámica del ensueño. Conducid á un hombre, por frío que tenga el corazón y desengañada la mente, á una quinta de las orillas del Guadalquivir, y sentirá la inquietud sagrada de la poesía cuando la tarde decline, las aguas del río se iluminen con los postreros rayos del sol, las flores exhalen, cabeceando, sus perfumes; y el misterio vaya rodeándole con la laxa caricia de la sombra mientras pasan y pasan las ondas del río. DIBUJOS D E JARCIA V i O D R Í G U E Z PABLO DE ELCANO