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N un reducidísimo portal que más bien tenía honores de pasillo, liabía establecido su taller de zapatero el Sr. Joaquín: una mesilla baja, una silla de Vitoria, un barreño con cuatro carbones, eran toda la mise en scene de aquel modestísimo Crispín, que á la vez que tiraba de cabo ó machacaba suela, ejercía augustas funciones de portero y llevaba el alza y baja de la numerosa vecindad que ante sus ojos desfilaba, con sus historias y sus murmuraciones. Las alegres comadres del patio tenían en el Sr. Joaquín la crónica viva de todo lo que ocurría en la vecindad. El Sr. Joaquín era para todos la propia verdad, y cosa que asegurase el zapatero, no tenía vuelta de hoja. El Sr. Joaquín, con poderes del casero, alquilaba y desalquilaba las habitaciones, y por consiguiente era el primero en tomar la filiación y dar el quién vive á los inquilinos. Una tarde en que nuestro hombre estaba muy atareado terminando unas botas dé becerro que le había encargado un matador de novillos que iba á debutar en la plaza de Madrid en clase de fenómeno, se paró delante de la tablilla que decía se alquilan cuartos interiores una mujer joven, pobremente vestida, que llevaba una niña de la mano. Preguntó por el alquiler, lo encontró de su gusto, convinieron las condiciones, y al día siguiente quedó instalado en la nueva casa, por todo ajuar, una camita, una mesa- camilla, cuatro sillas y una máquina de coser. A los pocos días ya hubo junta magna en el chiribitil del Sr. Joaquín. ¿Quién sería la nueva inquilina? Las comadres trataron de levantar el rastro con su olfato de perros perdigueros, pero nada pudieron sacar en limpio; además, el carácter poco comunicativo de la joven, que se limitaba á decir buenos días cuando pasaba, era el obstáculo más serio para toda clase de indagaciones. El zapatero, sin embargo, ó más diplomático ó con mejor fortuna, pudo advertir que no había gato encerrado; aquella muchacha misteriosa era una obrera que vivía de lo que le producía su trabajo en un taller de ropa blanca. La conducta de la joven y su humildad despertaron entre los vecinos una profunda simpatía. Pasaron dos meses; la joven dejó de salir á las horas acostumbradas; su semblante, animoso y sonriente antes, se entristeció. El zapatero no dejó de notar este cambio. Llegaron las Pascuas; todo el mundo se dispuso á repicar fuerte en los panderos, y los corredores se alegraron con el repique de las castañuelas, el griterío de los chicos y el batir de los almirezes. El Sr. Joaquín, que se interesaba vivamente por la muchacha, supo por una verdadera casualidad que la falta de trabajo. la tenía reducida á la miseria; la niña, antes tan asiduamente limpia, iba mal vestida y casi descalza; cuando el zapatero la veía pasar, cogida á las faldas de su madre, dejaba el tirapié, y por encima de las antiparras la contemplaba con extraordinaria admiración. ¡Eso es virtud! se decía. ¡Otra en su caso iba á aguantar lo que esta pobre! y seguía machacando filosóficamente. Era la víspera de Reyes; la niña, en un momento de alegría, abrazó á su madre al verla llorar, y la dijo con la ingenuidad encantadora de los niños: ¡No te apures, mamá! mañana los Reyes, que son muy buenos y que me quieren mucho, nos sacarán de apuros! La madre miró tristemente á su hija y la besó. En la ventanita que daba al patio puso la niña sus zapatitos rotos. Se acostó, y abrazando á su madre le decía: ¡Ya verás, mamaíta, en cuanto amanezca, ya verás! ¡Los Reyes madrugan mucho! Con efecto; al siguiente día, en cuanto el alba desgarró las sombras de la noche, la niña, asomándose á la ventana, batió palmas de alegría. En lugar de los zapatitos rotos y sucios, encontró unos preciosos de charol. ¿Ves, mamá, como los reyes se han acordado de mí? En aquel momento el zapatero se metía en la cama, después de haber pasado toda la noche en vela para terminar á tiempo los zapatitos de charol. DIBUJO DE E 0 JA 8 LUIS GABALDÓN