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De todas suertes, Manudn trítbajador y honrado, y con u n a Tiiujer caniioíia, hubieTa podido ser completamente dichoso si a l g u n a vez, en medio de su dicha, no txpeHíiienlara u n a iniprej ióii extraña como si le cihraíar. in los helados bracos d e una soiiibra un ahopo, u n a auíCTistia, un frío indecibles Tuvieron dos hijus; uu niüo y u n a nifia, y al dar á luz A la segunda, falleció Rosa. Con ti terrible peíiadumbre que le causó c ta muerte, empezó pjira Manitet ei otoño de la vida. Fueron pasando los años; su hijo, joven aún, pero íimbiciosuelo y desbastado, partió para Amériea en busca de fortuna. L Í I hija á Manuel hubiera, matado sefr mda vez á su madre. Unos aseguraron que fuá raptada: otros, q u e fué seducida. Se n. vi ¿en un lujoso carruaje por los paseos de Madrid. Y Manuel, y a viejo, enfermo, abandonado, tan a b a n d o n a d o como cuando le alzó amorosamente del suelo la sombra d é l a noche, volvía h a c i a Madrid, después d e v i s i t a r e n el cementerio á su querida muerta, á su adorada Kosa, al anochecer del 31 de Diciembre. Ija nieve que desde la m a ñ a n a caía espesa y terca, había cvibierto de blancura todos los c o n i o m o s d e Madrid, Manuel sintió de p r o n t o y mas inerte que n u n c a anuella impresión extraña, aquel aht ío. aquella angustia, aquel frío indecibles. Si d e t u v o para cobrar ahcnlo, y sobre la blanca nevada v i o destacarse por magia del rci uerdo toda su vida: la iufaucia en el Parterre, la j u v e n t u d con el a m o r de Rosa, el otofio con el desvío d e s u s hijos, cl invierno caduco y a b a n d o n a d o 1 entró u n a congoja eu el corazón, y eomo solemos todos, gritó Manuel desesperadamente; -iMadre, m a d r e mía! -Vaciló un instante, y cuando se desplumaba, la sombra de la noehe, acudiendo ripida le estreclió eu sus brazos, le beí, ó en los labios y m u r m u r ó amoros á m e n l e ¡Hijo míoU Después el cuerpo i n a n i m a d o d e Manuel encharcó la nieve. P e r d ó n e n m e los lectores: y o hubiera podido hacer, n i n g u n a c a u s a m e lo vedaba, al hijo del año emperador, y le hice jardinero: hubiera podido concederle b o l l a n t e s aventuras, y le adjudiqué u n a existencia h a r t o v u l g a r p a r a u n a fantasía, ¡pero q u é importa! Líi v i d a d e los emptradoreii y d e los j a r d i neros tiene, lo mismo que los años, su primavera, su estio, su otoño y su ÍTi iemo; y unos y otros vienen, al nacer, en los brazos de la sombra, y al morir, en los brazos de la sombra caem JOSÉ D I UÍt -XR NHITIDA i E R O U R E