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m EL HIJO DEL AÑO FANTASÍA I, liba del primer día del año levantaba apenas con mano temblorosa, allá por tos límites de Oriente, el pesado cortinaje de la noche, a s o m a n d o bajo el borde del tupido terciopelo u n a raya de claridad indecisa. Las sombras volaban íiiín á ras del snelo sacudiendo lentamente sus pesadas nías v cabeceando al a v a n z a r niedio dortiiidasí por la desiertas calles d e Madrid y los áridos campos que á la capital rodean. E r a ese m o m e n t o d e modorra ptíÜximo al amanecer, d u r a n t e el cual los ojos más resistentes íí la vigilia cierran d e s m a y a d a m e n t e ÜUS p a l p a d o s y los enfermos ejcpcrimcnt: in la impresión de ese sueño profundo que empieza en la agonía. Momento en el que, como si se e m p a n t a n a r a de pronto el río de la total existencia, todo calla y todo d ü c n u e el vicio con escalofrío; la virtud, por desvalida que Be halle, sobre blanda almohada; el pobre en su miseria, el ambicioso eu sus sueñoSi v b a s t a la misma esperanza de los hombres se aletar ra un momento en el nido d t las m a d r u g a d o r a s aloudras. Una de las sombras, cjue v a g a b a rastrera y medio d o n n i d a por los alrededores de Madrid y n o lejos d e la ciudad, sintid súbitamente que j- u cuerpo se caldeaba con sensación d e vida Despertó la sombra, s e d e t u v o y vio sobre la h ú m e d a tierra el cuerpecillo d e s n u d o d e un n i ñ o recién nacido. L a sombra, mujer al fin, llamó conmovida á sus hermanas, y todas ellas se apiñaron en t o m o del infante, que dormía tan cerca del nacer y tan próximo i la muerte. Coj idle con amor la sombra en sus brazos y procuró inútilmente calentarle al contacto de su seno, ¡Por vez primera sintió la infeliz el frío d e sus propias entrañas, y maldijo á su m a d r e la noche! -jllnyamos! -le r í t ó o t r a sombra, -ya el día avanza- Vo no a b a n d o n o á este niño! -respondió ella con ronco acento; y a jitando las alas, tendió cfjxi la criatura en los brazos el vuelo hacia Occidente. Mas ay! 3 a el sol triunfador asomaba su espléndido disco por los camarines de Levante y el agitado escuadrón de las óltiujas sombras se dispersaba en trágica liJ; a. La sombra que llevaba al niiio en SUS brazos sintióse desmayar, casi morir, y deteniendo hu veloz huida depositó blandamente la criatura sobre un montón d e hojas secas, le besó en los labios, se apartó mirándole como u n a m a d r e tjue expira y se dif uminó en el aire. ¡Ya el sol del primer día del año saludaba souri- ndo á los hombres! El viejecillo Pére? guarda del Parterre del Retiro, haVtía sido un hombre m a d r u g a d o r toda su vida. E n la m a ñ a n a del p r i m e r día del año, apenas nacido el sol. ya estaba Pérez entregado 6 sus faenas, limpiando las sendas del parterrcí cuando d e pronto soltó la escoba de breólos y se restregó los ojos como si vieía visiones. Y el caso no era p a r a menos: sobre un montón de hoiaa secas había creído divisar el buen viejecillo