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í 1II c h o n i i u e y b 1 n cnnfunílié: iclose IL- Kd a t l a s y íundidaH, HI Santo recortliJ cxilonccs los consejos d e fííisj) a. T, Cerró su espíritii á t o d a rí? nicnibran a, pero p o r alRÚu r e s q u í d u i n v i s i b l e p e iictr en su m e n t e un espectro: el ic sn padre, Y le vio tal y como file en vida: gueircrt terrible, d e s e m b l a n t e adusto, curtido por el viento de lasbatjillas, cariñoso en t i llorar, que a b a n d o n ó para perecer en un combate. Luego apareció la fjíjura de su m a d r e s i i t e n d o poco á poco, y la vio también, dulce sumisitfsonntTite bajo el penacho endianiaiil, idr rjue temblaba e n t r e sus cabellos ncf ros, y escuebó la canción con que le adurmeria ciiíiudo era uiñti, luicuiras él apres a b a con sus manos ya fuertes la m a t e r n a palma, tibia y suave. Tras aquellas visiónCs aparecieron tíiáü. q u e acudían arrcmolinindoíje en tonin del viajero; rostros de h e n n a n n s y de amígoí q u e le miraban con ojos leales: ó v a l o s melancólicos d e niujereíi a m a d a s q u e sonreían amorosas; caras indiferentes, caras aborrecidas, apariencias d e almas q u e no pudieron redimirse y que vaíjaban alrediidür de la tierra. F, Santo Rey las contemplaba con pesar. De su ahita ingenua se había apartado la felicidad que i ozam, y el coraíión del Ne; íro se encogió d e a n i s t i a viendo aquel triste de lino. l. as sondaras surgían más apiñadas. Kl dromedario, cual la proa de un navio, hendía la multitud fantástica, y Melchor contemplaba bocas fjue rozaban sus pies, m a n o s implorantes que a itabíin t n lo profvmdo dedos viLporoBos, pupilas lucientes q u e relanipaífueaban un momenlu. Ksforiíándose en arrojar lejos de sí la t r i s l e a q u e le ilbmmaba, recordó los esplendores paradisiacos, las v e n t u r a s inacabalíle. de su eternidad díchos- i. el inefable arrobamiento de la presencia diviuíi. Ante aquella evoeaeión, las espectrales fi uras parecían huir, c u a n d o del niontúu m a s a p r e t a d o brotó u n confuso enredijo d e bucles cspefios, y bajo ellos unos ojos d e azabache, inocentes y maliciosos, u n a naricilla r spinííada y una boca traviesa ¡ue reía. Al aparecer aquel espirilu, los demás se desvanecí ero n, y el Santo sintió estremecerse su alma. lín el espacio vacío quedaban solos el Ma o y el espectríllo. ñin decir palabra, el niño se acercó luíis al Rey, Conforme scaproximahri, un dolor profundo, intensísimo, apoderóse d e Melchor, víendíi reproducida en la aparición la imag en de su hijo, t i único, el que fué d u r a n t e breves anos su alejaría, su orguUon y cuya muerte hundió al Negro t n sima profiTudnT de dMor. Aquel alma infantil que el bautismo tan fácilmente hubiese librado de su cadena, contemplaba cim ojos suplicantes ¡il Santo. Ku el cnraj ón d e éste crccia hi amaríanra al c o m p a r a r l a pálida apariencia d e mi hijo con l a s d e los an íelinos cele. sti. s que se cemíau en la l n a todos luz y color. Kn adeni iu d e ruei; o. el faiilasuia acercó l. as manos, unas umneLzitas gordc iielaü, llenas de Ki aciosas oquedades; iban á j u n t a r s e implorantes, cuando Itlchor, arrancándost- á aquel scniiniicnto tan extraño á s u bíenavetit u r a n a v o h n ó g r u p a s y asccn lió rápidamente al cielo. En furiuMk empuje, las sombran tonianm prctciidieildu alLaiAtatli: peio fué inúlil, pues la pesadumb r e del ijeeado no fes pcrinllíó volar. Abajo quedaron a l t á n d o s e como revueltas v confus JS aguas y í o b r e ellas el fugitivo creyó entrever unos ojillos maliciosos cuya l u n u b l a b a el líauto. Volvieron á pasar j u n i o ¡i Melchor los L rmietas cabelludos; llovieron las estrellas fraE mcntadas; loa íistros í iraion. pero el Xcí; ro naila percibió. Subía Ueito d e anp: iistia. tan herido por los dolores humanos, qnc sti naturaleza santificada hacía más sensiblcSn que cuando, una v c í en la Klt J ir compalieros le íntciTo jaruu sobre su misión, nada p u d o ri spoinler, pues los sollozo- i quebráronle la voz. Comprendiendo los Keyes blancos el por qué d e aquellas lujíTÍmas. movieron las cabezas con aire d e onojo. y mientras llaspar suspirando aprestábase á de ct nderá la lierra, Baltasar el Majestuoso cubrió cou su m a n t o fulgente al Etíope pues eu el ciclo no se debe llorar-