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-0 w? MELCHOU LOÜxos días autes ile ¿u ficstA los tres Reyes Mapos I; ibliibn n un el Píirníso. Sentados en sobtrbíoíí tronus, refiiljíenles de pedreríaf viendo lucir como tJiplendorosos anillos los círcnlos angélicosn y volar sobre iibismos de luz los serafines d e imnecisas alas flanií ierasH ios Santos Monarcas trataban un asviiito importiinle: saber cuál de los tres h a b í a de bajar aquel año á la tierra p a r a enterarse le los diíseoa infantiles, y poder repartir juguetes que fuesen deseados. Mientras G. ispar y B: illasar peroraban Melchor el rseRTO atetadla sumiso, sin decir palabra. -Sí, heniiauos iníoji- c o n c l u y ó fíaspar, irguiendo su íi ura vestida con túnicíi azul, recamada de oro; -yo d e s c e n d i d a al mundo, pero si lo hago, ¿quién p o d r á o r d e n a r l o s regalos? -miién p r e p a r a r á parn el niño rico lo que anhela, p. ira t i ujño pobre lu q u e necesita? Vosotros cnmprcndeííi que esto sólo yo puedo hacerlo, pues p a r a mc clarse en tales menudencias, Baltasar es monarca demasiado raude (por el buen uso í ue d e su poder hÍ 7- o se sienta en esc trono imperecedero) y en cuanto á ti, Melchor hermano, eres tan liuipio d e corazón, d e intclígCTicia tan rencilla (jjor eso gozas d e la bienaventuranza) que te marearías v confundirías en medin del labcrÍTito de IÜ? jug ueteSr Acariciando su inmensa b a r b a blanca, respondió dc- ide su trono el majestuoso líaltasar: -Hablas bien. Vo no entiendo d e eso. Mi mente, sumida en la conleniplación y adoración divinas, no acertaría á realizar lo que dices. tú debes descender a l a tierra. Tu alma etiópica, más p r ó xima á la niñez q u e las nuestras, sondeará fácihncntc los abismos d e deseo q u e el ansia de nn polichinela ó un tambor a h o n d a en los corazones infantiles. Baja, pues, escucha las aspiraciones de los niños, recoge en tu memoria cuanto oipas, v t o m a con nosotrus p a r a que j u n t o s los ÍTC repartamos la alelaría en los ho; íares fecundos, festejando la memaria d e la noche memorable que nos b i i o santos. Diciendo esto, Baltasar se puso cu pie y rogó, inclinando la cabera coronada. I.o s otros dos Reyes también se alzaron, uniéndose cu el homenaje. Después Melchor dijo: -Irá i s t n s n hermanos. Y los tres cruzaron el cielo, marchando hacia sus I.l ej ad os j u n t o s al dintel, abrazáronse tiernamente, y cuando Melchor se aprestaba á salir, Gaspar le retuvo por u n a m a n o diciendo: -Baja al mundo, puesta tu alma en Dios, fijo tu pen. saraientu en t i cielo. Kn t o n i o de la tierra pira u n a m u c h e d u m b r e a c almas irrediinidas que se separaron de sus cuerpos antes de que la verdad naciese; pobres espíritus, presos allí por el peso d e la falla primera, que les impide alzar su vuelo. Debes cruzar por medio d e ellos, sumido en tu ale; re beatitud, alejado d e todo h u m a n o pensamiento. No atiendas, no repares cu natía, acuérdale sólo d e tu santidad, de tu dicha inmarcesible y etemaSonriendo plácidamente. prometió hacerlo, y luep n. c. aballtro en un bhmco dromedario, se h u n d i ó en el v a d o P a s a b a n j u n t o al Ma; ío cometas desmelenados, llovían estrellas erráticas, los plan e t a s jíirabnji iinuoniosos, y el viajero, acercándose más y más á la tierra, ptuí. ibíi en la ¡nmcn na M i cidad de su bi cu a venturanza, en sus goces inefables, eternos, tan distintos d e las incompletas ale das terrenales como la luz de la sombra, y comparando unos con otras, evocó los recuerdos (le aquel globo á q u e se acercaba. Veía los arenales etiópicos dorándose bajo el sol, los oasis frescos d o n d e las fuentts susurraban bajo la sombra movible de las palmera. s, las m o n t a ñ a s azules, el m a r inquieto y arrulladorLa tierra pró cima pareció enviar efluvios d e su superíicie al viajero, qnien recibíalos c ndidiímente. Luego, j n n t n á la cabal jadura, apareció u n a sombra, luego otra, y otra, muchas, innumerables, infinitas,