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parar un coche, dio la direccióa de su casa y desapareció l l e v a n d o triunfalmente en la bigotera del carruaje el cesto de las provisiones. D. Marcos, en cuanto se alejó el carruaje, se tiró de los pe- los maldiciendo su e s t r e l l a con gran asombro de los transeúntes. ¡No hay más remedio! dijo para sus adentros D. Marcos, poniendo punto á su interior monólogo. Y volviendo sobre sus pasos entró n u e v a m e n t e en la tienda y e n c a r g ó otra cesta con lo mismo que la anterior éstas fueron sus palabras. El dependiente no pudo menos de asombrarse ante aquel segundo pedido, cosa rara en un hombre tan e c o n ó m i c o como D. Marcos; pero como era tendero y no filósofo, llenó la canasta de los mismos artículos que la anterior, y T Marcos salió de la tienda relativamente satisfecho. Para evitar algún desgraciado encuentro, don Marcos fué por las calles más retiradas, huyendo de las gentes, al lugar de la cita. Llegó sudoroso y jadeante, sin poderse limpiar el sudor que á gruesas gotas le caía, porque ambas manos las llevaba ocupadas con la dichosa cesta, pero todo lo daba por bien empleado con tal de disfrutar en compañía de aquellas muchachas tan ricas provisiones. Pero estaba de Dios que aqueha noche habíale de ser fatal al bueno de D. Marcos. Llegó á la puerta del taller, miró en todas direcciones, y nada. Las muchachas, cansadas de esperar, habían desa, parecido. ¿Y ahora qae hago yo con este canasto? decía D. Marcos en situación para él terriblemente angustiosa. ¿Cómo llevo esto á mi casa? ¡Imposible! Mi mujer advertiría algo extraordinario y me confundiría á preguntas. Y tomando un aire decidido. D. Marcos, mirando en todas direcciones para asegurarse de que nadie le seguía, con paso firme abandonó la calle, y al volver una esquina, en el primer portal, dejó furtivamente el canasto como si fuera un niño abandonado. D. Marcos suspiró al verse ya libre de la para él abrumadora carga; pero una mano que cayó pesadamente sobre su hombro, le estremeció como á un delincuente. Era un guardia de orden público que, siguiéndole desde la calle del C a r m e n había notado en la actitud incierta de D. Marcos algo sospechoso. Y como nadie puede creer, aunque sea guardia, que se compre un cesto de exquisitos comestibles surtidos para tirarlo en un portal, el guardia se llevó á D. Marcos á la prevención hasta que el suceso se aclarase. Y en la prevención pasó la Nochebuena el pobre don Marcos, renegando para siempre de los surtidos y de las oficialas de taller. L. GABALDÓ DIBUJOS DE HOJAS