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LA NOCHEBUENA DE DON- MARCOS g Í S A E A el buen D. Marcos Eibagorza no había condición humana más despreciable ni desgraciada que M Nt la del hombre casado. Defendía este aforismo con la consecuencia de sus veinte afios de matrimo nio, y aunque en su casa era un marido modelo, porque sentía tanto temor de Dios como de su mujer, en la calle era un disolvente, un furibundo anarquista matrimonial. Hasta los criminales más emoedernidos- -exclamaba en el café, ateneo de sus discusiones, -hasta los reos de muerte gozan de la gracia de indultol lY, en cambio, para los que cometen el crimen de casarse, llueven años y años de cadena conyugal 1 Eso no es justo, ni equitativo, ni reconstituyente. ¿Entonces, para qué se casó usted? le argüíanlos del café. Me casé, me casé, señores, como se casan muchos en el mundo: porque llega un momento que no se sabe lo que hacer, y como podría uno salir á la calle de compras, sale á ver si encuentra su media naranja. ¿Hay raaón para que todos los días acudan las perdices al reclamo y loa peces piquen el anzuelo, vamos á 5 í ver? y daba un golpecito en la mesa como indicando que la cosa no admitía discusión. Pues perdices, peces y maridos se encuentran á todas horas. Y bien sabe Dios que yo no hablo así porque tenga queja de mi mujer! Pocos habrán teniüo la suerte mía. Pero si vieran ustedes veinte afios el mismo cinematógrafo, ¿no se aburrirían? ¿eh? 5 Quizá por la monotonía del paisaje, D. Marcos frecuentaba al anochecer las calles más céntricas, aguardando la salida de las alegres modistillas. Y en cuanto asomaba el inquieto remolino de muchachas, D. Marcos, inclinándose el sombrero graciosamente sobre la oreja izquierda, y balanceando con aire de cadete el bastón, se dirigía al grupo, aun á sabiendas del número de víctimas que su presencia iba á causar. Las mozuelas se le reían en sus barbas, y los más exquisitos cumphdos que D. Marcos se veía obligado á escuchar, eran: ¡El demonio del hombre! ¿Cómo le dejarán salir solo de casa? Qué buen humor gasta para sus años! y otras lindezas parecidas. Llegó el día de Nochebuena, y D. Marcos se situó á la puerta de un taller de la calle del Carmen, porque para D. Marcos no había fiesta de precepto ni movible que alterara su ya inveterada costumbre. Como las oficialas le conocían, en cuanto advirtieron su presencia decidieron que aquella noche D. Marcos hiciese el gasto de la Nochebuena. Qué más quiso nuestro héroe! Como no se le presentaría mejor ocasión para justificar su galantería, dijo á las mozuelas que allí le esperasen, y apresuradamente se dirigió á una magníBca tienda de comestibles conocida, en la que compró una canastilla. de los mejores artículos. Fiambres de todas clames exquisitos turrones, quesos, botellas de vino y champagne; un espléndido y completo s urtido. Cuando D. Marcos, verdaderamente orgulloso, se dirigía al sitio donde le aguardaban, tropezó de manos á boca con su mujer, que, al verle, lo primero que le preguntó fué á dónde iba con aquellas magníficas provisiones, p Marcos sintió que le abandonaba el valor por momentos, y sacando fuerzas de flaqueza y tomando un aire de encantadora coquetería, dijo á su mujer: ¡Pues nada, he pasado por la tienda y he dicho: no voy á casa sm llevarle á aquella pobrecita unas cuantas cosas para que celebre debidamente la Nochebuena. Y ahí tienes esa ha sido la causa! La mujer de D. Marcos, agradecida por aquel rasgo, estuvo á punto de abrazarle en medio de la calle; mandó