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W í -t? tF P P S H Santo se sienta sobro in plinto roto que yace á un i l T í n t r 1 camino. Este año no ha visto á nadie, no ha hablado con hombre ni n, jer. y pensaría que Eoma no existe ya, que la ciudad de sus amores y de sus sueños ha muerto, si no viese á lo le os la gi an esca naranja de la cúpula del Vaticano, el bulto ingente de la mole Hadriana parecido al caparazón d a n tesco de un animal antediluviano que ha metido en el río las patas delanteras. Allí está la ciudad; allí istá hámol toHo íL 1 í. P el Santo; y la bruma que de ella sale y que se extiende por la campiña, es el hálito de todos los do ores, el vaho de todas las miserias Y el Santo, quizás por primera vez en s ¿vida siente miedo: una tentación d. abóhca se apodera de su alma, le incita á no penetrar en el recinto de la capital t f l r f P P TM ez desde que baja al mundo, siente la nostalgia inefable de la bienaventuranza eterna, el asco de las pequeneces y ruindades mundanas. Satanás le ha tocado; su espíritu caritativo, su amor a los hombres flaquean un momento. e v, u Los perros de los cortijos vecinos ladran á la insolente luna; muy lejos se oye el canto apagado de una ronda de cotóáíMí, que tal vez ebrios arrojan al aire jirones de antiquísimas baladas. El Santo; distraído por como un oV tjaz a semicirculos en el suelo con la contera del báculo, en la cual hay incrustado un brillante De pronto fijándose en el suelo de la polvorienta Vía, advierte infinitas huellas de caballos y de carros hondas hendiduras trazadas por la pezuña de los bueyes carreteros y leves trazas de zapatitos femeninos En medio de aquella confusión de líneas y relieves ve algo que le hace ponerse en pie, meditar, algo que arranca dos lagrimas cristahnas de sus ojos sumidos en dos estrellas de arrugas. Son las huellas de seis pies desnudoí de hombre de mujer, de niño muy pequeño. En cada una de las huellas de la criatura hay una gota de sangre ban bilvestre, que, por instigación de Satán, estaba ya pensando en las carretas á que la ambición y la codicia mercantil de los hombres uncen á los pacíficos bueyes, y en las carrozas lujosísimas donde se ostentan la liviandad de las cortesanas y el boato de los potentados egoístas y viciosos, y en el andar provocativo de los zapatitos diminutos, seguidos de cerca por fuertes botas masculinas San Silvestre, para quien la trillada carretera aparecía ya como el mapa de los vicios y maldades de la humanidad, y que ya comenzaba, incitado por el demonio, a despreciarla y á echar de menos las venturas celestiales, ve en las huellas de los pies desnu 1 f A Sre brotada de los piececillos infantiles la historia de las agonías perennes, de las irredimibles esclavitudes, y apoyado en el báculo, baja la cabeza, puesto el pensamiento en Dios, inflamado el corazón de nuevo en amorosa hoguera, y emprende resuelto el camino de la ciudad, decidido á buscar á los hombres á nacer una vez más la suma de sus dolores y pesadumbres, y á elevarla al trono del Señor de las misericordias infinitas. F. NAVARBO Y LEDESMA