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LA NOCHE DE SAN SILVESTRE íA Appia adelante, no lejos de la tumba monumental de Cecilia Métela, ya muy entrada la noche, una noche clara en que la luna azulea los campos yermos, quiebra sus rayos de plata en las piedras seculares y dibuja la negra silueta de los montes Albanos, camina un hombre de figura prestigiosa y venerable, de luenga barba cana que al pecho le llega, cubierto el cuerpo con rozagante ropón á manera de. capa pluvial, que cae en pliegues rígidos y rectos, sin duda por la dureza del tejido; en la cabeza extraño tocado, que tanto puede ser mitra como tiara; los pies desnudos calzados con recias sandalias claveteadas; en la mano largo báculo episcopal de arcaica labor, y en cuya cayada chispean, como provocando á los rayos lunares, enormes rubíes, descomunales diamantes y esmeraldas de peregrina luz. Es San Silvestre, el venerable Pontífice Romano, hijo de Rufino y de Justa, discípulo del Santo Papa Marcelino y sucesor del Santo Melquíades en la silla de San Pedro. Hace ya más de mil quinientos noventa años que el anciano pastor realiza la piadosa aparición, contempla tristemente los muros y las cúpulas de su querida Ciudad Eterna, donde nació y murió, donde subió de humilde subdiácono á cabeza visible de la Iglesia, y donde, según la Tradición, bautizó por su mano al emperador Constantino Todos los días SI de Diciembre baja á la tierra para recoger los anhelos y los sufrimientos, los ayes y las súplicas que en cada año suma la cuenta casi innumerable de las penas viejas y de los nuevos dolores de la humanidad, y al sonar las doce de la noche y comenzar el año nuevo, sube al cielo con la pesadísima carga, la pone á las plantas del Señor y la Misericordia divina permite al Santo olvidar en el. mismo instante cuanto ha visto en el mundo miserable durante aquellas pocas horas, pues sin este piadoso olvido no podría gozarse en la paz y sosiego de los bienaventurados. Durante la noche que pasa en la tierra, el Sanio recobra su íorma y su espíritu de hombre, pésanle los ochenta y tantos años que vivió, y sobre ellos las mil seiscientas noches que ha pasado en la tierra en otros tantos años; y como por especial permisión divina ha perdido la memoria de lo visto y oído en cada una de las visitas anteriores, todos los años recibe las mismas dolorosas y lamentables sorpresas. Las maldades, los crímenes y las desgracias se repiten sobre la tierra con regularidad y monotonía tan grandes como las de la marcha y sucesión del tiempo y de las estaciones, el paso de los signos del Zodiaco y al armonioso girar de los planetas. Y el espíritu candoroso é inocente de San Silvestre, que vive en la felicidad paradisiaca trescientos sesenta y cuatro días del año, ó trescientos sesenta y cinco en los bisiestos, padece como hombre en ese último día de Diciembre tanto cuanto padecen y sufren á la sazón todos los hombres, sin tregua ni consuelo. W