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palabras que pronuncian los madrileños, mientras que por las calles de la Corte avanzan las mesnadas de pavos graznando estúpidamente. Y allá en los rincones tenebrosos donde se templa el ripio, el repartidor de periódicos, el sereno, el acomodador de teatros, el limpiabotas, el peluquero y cien y mil más afilan en verso los sables. Todos ellos, no los sables, sino los que han de esgrimirlos, juegan á la lotería; pero contando con el gordo, se preparan á guisa de entremés un golpe en cuarta al mejor parroquiano para sacarle los cuartos en el filo ó filón de la hoja versificada. La compra de esperanzas mediante la participación en un décimo de Navidad, el sablazo seguro al prójimo, ¿qué más necesita un madrileño neto para ser feliz? Pues todavía tiene más: ¿Los pavos? ¡más aún! ¿Los organillos? ¡más aún! ¿Las zambombas? ¡todavía más! ¡Un Gobierno recién estrenado y ya con sus correspondientes grietas! E n la pasada Nochebuena muchas de las coplas lanzadas á pulmón herido ó á hígado difunto por las garridas mozas de los barrios bajos que ha tenido el buen gusto de retratar Huertas, muchas de esas coplas, repito, iban dirigidas á Maura. Y e l ministro de la Gobernación al oirías se llevaba las manos á la bola de su departamento, exclamando desesperadamente: ¿Pero han salido á la calle con zambombas y mantones todos los candidatos á la diputación á Cortes que hay actualmente en Madrid? Y se oía u n a voz aguardentosa que cantaba respondiéndole: Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. iDame el acta por Brutanda, qne me voy á... presentar! ¡Hermosísimo mes de Diciembre! Con lotería, con turrón, con sable, con bota y con acta prometida. No hay en todo el año u n mes tan madrileño como tú, ni siquiera aquel mes venturoso en que florecen las lilas. Si fuesen cotizables, que desgraciadamente no lo son, las sumas de esperanzas, y pudieran figurar como figuran otros valores tan deleznables como ellas, en los presupuestos del Estado, España sería en Diciembre la nación más rica de Europa, sin perjuicio de continuar siendo la más pobre en todo el resto del año. Y si se fuera á juzgar también de la alimentación de Madrid por los magníficos surtidos de jamones, aves, vinos dulces, fiambres, confituras y suculentas awtosías que exhiben al aproximarse Navidad los tenderos de ultramarinos en sus escaparates ó desbordan provocativamente en medio del arroyo, la capital de España sería indudablemente la ciudad mejor comida del globo. ¡Por desgracia, esa explosión de gula es efímera como una aurora boreal, y como este fenómeno, ha costado el puesto á varios gobernadores. ¡Muchos son los llamados y pocos los elegidos! ¡Son muchos los que ven y pocos los que comen! Por eso mismo deberían de prohibirse tales espectáculos en una población de hambrientos, aunque también es verdad que los jamones y los fiambres de los escaparates alimentan la vista, ¡y siempre es algo! Mas ¡ay! que á seguida de este mes de Diciembre, repleto de ilusiones y de comestibles que digieren unos pocos mientras los otros escupen, llega para todos, sin distinción de clases ni de estado civil, el terrible mes de línero con su trágica cuesta. Después de las esperanzas en el gordo, de los atracones de turrón, de las alegrías familiares y del grato son de tambores y panderas, el ayuno, el silencio, la soledad, la desesperación en la famosa cuesta. Los teatros desiertos, las mesas ayunas, los hogares tristes, los caseros sin cobrar, los bolsillos vacíos ¡El saínete en Diciembre, el drama en Enero, y ya ni un pavo por las calles para bailar un tango haciendo la rueda al son de un organillo! Desde el procer ilustre al mísero empleado, todos los madrileños subiendo, con sudor en las sienes y medio palmo de lengua fuera, la cuesta inacabable. ¿Qué más? Yo oí á u n golfo que en la puerta de u n cuartel rebañaba la escasa pitanza de su rota escudilla; yo le oí exclamar con cierta amargura picaresca: ¡Anda la osa, la cuesta de Enero! ¡Y al oirle me pareció que E s p a ñ a volvía á ser España! J O S É DE DIBUJOS DE HUERTAS ROUEE í