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SUMÁBAMOS mucho á D. Arsenio. J a m á s asomaron á sus labios palabras quo pudiesen mortificar á nadie; antes al contrario, p a r a toda acción encontraba disculpa, y si alguno en su presencia se permitía aventurar conceptos que estimase ofensivos para cualquier persona, bien pronto salíale al encuentro rompiendo u n a lanza en favor del ausente. Cándido á pesar de sus años, n o conocía del m u n d o m á s que las cuatro paredes de la oficina, á la que no faltó n i u n solo día, y el rinconcito del café, donde tenía todas las noches su tertulia. Lo d e m á s llegaba á su conocimiento por conducto de La Correspondencia, á la que estaba suscrito desde su fundación. Eso si, en sus ratos de ocio se entretenía en su casa en resolver grandes problemas, como decía él. E r a D. Arsenio uno de esos hombres mañosos que hacen primores en la marquetería, y todos sus amigos disfrutaban de algún objeto construido por él. Lo mismo arreglaba u n reloj que componía u n a bicicleta, y hasta e a algunas ocasiones su genio mecánico le había llevado á la realización de algún modesto invento. Cuando llegaba á su casa, D. Arsenio se vestía el traje de faena, se encerraba en su taller, y colocándose sus antiparras, comenzaba con verdadero entusiasmo 6 u labor. Pero D. Arsenio, en quien vivía la fiebre de la invención, llegó en este punto á realizar grandes progreso? imponiéndose á su caráiíer y á sus costumbres. Se le vio distraído en la oficina, faltaba algunas noches al café, cosa en D. Arsenio asombrosamente extraordinaria. Los amigos llegaron á preocuparse. ¿Cuál sería la causa de la grave infracción d e s u reglamentaria vida? Cuando D. Arsenio se veía acorralado con las preguntas de sus amigos, sonreía satisfecho de la curiosidad que despertaba. ¡Ah! Y a verán ustedes, decía, y a v e r á n ustedes cómo n o pierdo el tiempo; traigo e n t r e manos u n verdadero descubrimiento, de u n a utilidad portentosa. Pero de ahí no le pudieron sacar palabra, encerrado en la más absoluta reserva. Pasaron días y días, y D. Arsenio cada vez m á s prudente, menos comunicativo. Sus distracciones llegaron á preocupar á sus compañeros d e oficina. Por fin, una noche entró D. Arsenio en el café, como pudo salir Arquímedes por las calles de Atenas, gritando: ¡Eureka! El invento estaba realizado: D. Arsenio ya se miraba consagrado por la inmortalidad. Llevó á todo sus amigos á su casa, preparó en su obsequio u n espléndido lunch, cosas todas realmente sorprendentes, y en el café y en la oficina n o se habló de otra cosa que de la maravilla de D Arsenio, y hasta u n inglés amigo suyo quiso comprarle el privilegio de invención sin saber todavía de lo que se trataba. Nuestro h o m b r e des 3 ués del lunch, introdujo en su taller con cierto misterio á sus amigos y admiradores, les llevó sigilosamente á u n a mesa, destapó con cuidado u n a funda y con gesto victorioso exclamó: -H e aquí, señores, lo que tanto desvelo m e h a costado, lo que ha impedido mi tranquilidad. Y los concurrentes miraron con estupefacción aquella especie de redoma encantada, con tubos de ü ¡Bueno! ¿Y eso qué es, D. Arsenio? -se aventuró á preguntar su más íntimo amigo. Ahl- -dijo el héroe con gran altanería. -Gracias á este ingenioso aparato h e conseguido la destilación de vinos y licores en toda su pureza. Pero, D Arsenio, eso es el alambiquel ¿Y eso es lo que h a descubierto usted? ¡Justamente; eso mismo! -contestó, encendido el color, nuestro héroe. ¡Pues si eso está ya inventado hace la mar de años! E n todas las tiendas de objetos de física puede usted encontrarle. Poco faltó para que D. Arsenio cayese sobre el pavimento. E n su inocencia, no se había enterado de que había descubierto una cosa que conocía todo el mundo. LUIS GABALDÓN tíSM