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fA habitación estaba convertida en u n taller dirigido por la actividad femenil de u n a cabeza bien organizada. Media docena de sillones de y u t e bastante usados, dos maniquís de mimbre, u n a mesita de labores en el centro, y cerca de la ventana u n a máquina de coser que parecía d e m a n d a r el movimiento continuo de u n a s manos hábiles y de u n pie diestro y chiquitito. Por las ventanas entraba mucho sol, u n sol de Abril cuyos purísimos rayos alegraban las almas despertando las flores, salvidadas por los primeros gorjeos d s los pájaros, que de ese modo comienzan á entonar u n h i m n o grandioso y dulce á la Naturaleza com. o imprescindible prólogo á sus primeros amores. Madre é hija; u n a anciana de semblante de nácar y de pelo de nieve, y u n a mTi chacha de cabecita rubia, de negros ojos y de facciones p u r a s y delicadísimas, hablaban a n i m a d a m e n t e cerca do la ventana del sotabanco, que parecía dorada á fuego por los rayos del astro del día. E r a aquel u n coloquio de ángeles; la antigüedad respetable y respetada del pasado hablando con el incipiente porvenir. El sol que nace y el sol que m u e r e del gran Echegaray. -Estoy contentísima, mamá, decía Julia; estoy t a n satisfecha, que apenas quepo en el pellejo... ¿Sabes lo que ha pasado? Hoy he visto á Ernesto, y siguiendo tus instrucciones le hablé con forroalidad, con m u c h a formalidad, seria, muy seria ¡Mira! Ko estoy segura de si he llorado; lo que só e s que he sentido on los ojos, primero much j fuego y después mucha frialdad ¡Vamos que lágrimas se llama esa figura! -iQué tontona! m u r m u r ó la anciana haciendo u n puchero entre risas. -Yo comencé así mi discurso: mire usted- -le dije, -es probable que hoy sea la última vez que nos veamos No se asombre, soy sincera y no finjo, verá usted Dicen los médicos que la constante costura en la máquina perjudica mi salud, que m e debilita mucho, que m e martiriza demasiado, que si n o estoy enferma puedo enfermar, y que ¡Dios sabe lo que será de mí! Me quedan, pues, tres caminos que elegir: uno, casarm e con u n hombre que me quiera y á quien yo ame; otro, m a r c h a r m e con mi pobre m a d r e á la Mancha, á casa de mis tíos; el último, morir al lado de mi máquina e n t r e cintas, sedas, encajes, flores y terciopelos L a muerte sería, á no dudar, dulce, alegre, elegantísima; pero es que yo n o m e quiero morir t a n joven. ¡Veo en medio de m i s amarguras u n porvenir tan risueño, u n a perspectiva t a n alegre, t a n dulce, tan consoladora! Son tres los camnnos, ¡tres! ¿Cuál sigo, Ernesto? ¿Cuál? -me contestó. -El primero. ¿Y el hombre? ¿Quién puede serlo más que yo, constituyendo usted la felicidad de toda mi vida, el ideal más santo y la aspiración m á s grande? -Yo sentí, mamá, que me ponía colorada, m u y colorada. Experimenté u n a vergüenza tan grande y u n a alegría tan dulce, que sólo pude preguntarle, haciendo por sonreír; -Y el camino, ¿será muy largo? -Dentro de media hora lo sabremos- -me contestó. -Yo iré á decírselo á su madre, que quiero que muy pronto sea la mía. Ahora bien; después de la concesión formulada, no recabo m á s que otra con verdadero empeño: destruir, Julia, la máquina de su martirio; acabar ó anular por lo menos ese instrumento de trabajo que á poco agosta la vida apenas iniciada de la mujer de mis sueños. ¿Acepta usted? -Dije que no con la cabeza; pero no estoy segura de si afirmé lo contrario con los ojos, q u e son los J u d a s que ponen de relieve la hipocresía; lo que sé, madre, es que va á venir y que desearía mucho que tuviéramos que defender la máquina de sus iras. E n el rostro, bañado en lágrimas y abierto de par en xir á la dicha, besó la hija á la madre, poniendo término al más elocuente discurso que puede sentir un alma y expresar la boca de u n ángel. II- -Con este destornillador, señora- -decía Ernesto horas después, -voy k atornillar mi dicha, si usted me permite que con él anule esa máquina para siempre. Dentro de u n mes la llamaré á usted m a d r e con permiso d e la mía, y á Julia esposa con autorización de usted; pero permítame que destruya ese mueble, símbolo do la honradez y tlel trabajo, que h a estado á punto de herir mortalmente al ideal de mi vida. -Julia es la dueña de ese mueble, -dijo sonriendo la venerable anciana. ¡Rómpale usted, Ernesto! ¡rómpale usted! -gritó Julia entre sonrisas francas y lágrimas rebeldes. -Ahora mismo. El joven apartó lanas, sedas, encajes y terciopelos, y acometió al primer tornillo. -Pero bendigamos antes, señor- -objetó la venerable anciana, -esa máquina inolvidable que ha conservado á mi hija h o n r a d a y p u r a p a r a usted. Inclináronse tres cabezas p a r a que tres bocas besaran la parte superior de la máquina, y el murmullo que produjo el contacto de los labios con el hierro semejó u n coro de ángeles, la música sublime del cielo que celebraba el triunfo de la honradez por la virtud del trabajo. R. MESA D E LA P E Ñ A