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brincaban solas como un excelente par de castañuelas, y sin osar respirar dióse á correr de modo que en trefa zancadas estuvo en casa del cura, dispuesto á la sazón p a r a engullir su cena. U n a gran servilleta le cubría desde la nuca en que se anudaba, al abdomen en que se extendía: con el bonete viejo se tapaba el colodrillo y con una mano bendecía el h u m o bienhechor que salía de la sopera. -Señor cura, n o coma usted. ¿Qué es eso, Manolito? ¿Por qué no quieres que coma, hereje? -Porque ya están ahí. ¡Vaya si están a h í! ¿Quiénes? -Las brujas, ó las Animas, ó los demonios coronados. ¡Ave María Purísima; pero qué bruto eres, hombrel- ¿No me dijo usted que viniera y que echaría usted el exorcismo? Pues vamos andando. ¿Estás seguro? ¿Lo h a s visto tú? Mira n o sean t u s cosas. -Eche usted á andar, y verá y oirá. ¡Xo, sino enredadas están en el carnero y m a ñ a n a no hay hueso sano! -Hijo, yo bien iría; pero temo por u n a parte que sean imaginaciones tuyas; por otra, no puedo moverme, que h á tres días me trabó la gota y tengo este dedo gordo como u n panal con avispero. Así, que trágate el miedo y toca las Animas y no escandalicemos al pueblo. Entretanto yo h a r é que te preparen u n buen vaso de vino caliente con canela, que fortalece los ánimos y vuelve los pulsos á su regla. Que sí, que no, no hubo más remedio que acompañar al sacristán, quien vista la imposibilidad del sefior cura, brindóle á llevarlo á cuestas ó en trunchas, como allí dicen, con tal de que echara el exorcismo. Fatigosa, aunque no laraa, fué la caminata. Al llegar frente á la puerta ael corralón, Manolito resollando y el señor ciira encima, como hacen los chicos unos con otros en sus alegres juegos, oyeron el chas- chas y el rítmico arrastrar de u n hierro por el mármol. -T. -í V i. ii ¿Y a h o r a lo negará usted? -Confuso estoy- -respondió el cura, -pero empújame un pijco hacia arriba, que m e V 03 escurriendo. El duende, bruja ó lo que fuese, entreoyó el logo, y con el mismo tono secretísimo dijo pegai la boca á una de las rendijas: ¿Lo traes ya? ¿Pesa mucho? Tápale los hocí y toma por ahí abajo el cuchillo; húndeselo de I papada para que no gruña. Luego se le abrirá- j. ILX- U, 4, para todo hay lugar. -llnfamel gritó el señor cura; y t a n pronto como lo dijo, ya estaba en el suelo y corriendo como u n gamo por aquella plaza. ¡Dios m e ampare! -sollozó Manolito, y de tres brincos se encontró en su casa. F u é u n escándalo durante el cual se le achacó á Manolito el más odioso de los crímenes. Por dicha, se aclaró bien pronto el suceso. A un honrado vecino le hablan robado u n cerdo, y en la puerta del campanario, por la p a r t e adentro, amaneció u n cuchillo de degollar puercos- -que con perdón así se llaman- -junto á u n montoncillo de cascaras de nueces. Por lo viíto, los ladrones tuvieron propósito de hacer la matanza en sagrado, como lugar más seguro. Manolito se casó; tiene mujer, suegra y no sé cuántos chiquillos; sigue de sacristán, y dice que se le ha pasado el miedo. Por lo menos, aquel miedo; que ahora tiene otro; el de dar de comer á tanta gente. J o s é NOGALES DIBUJOS UE MÉNDEZ BRINCA