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ÜO DEL SACRISTÁN ASTA que se aclaró bien el negocio, la buena fama de Manolito anduvo en tela de juicio. E r a Manolito el sacristán hombre tíinido y pusilánime á pesar de la extremada largura de cuerpo, al que no había sotana que se ajustase. Cumplía bien los servicios del templo y sólo dos de ellos se le resistían: tocar las Animas y atizar de noche la lámpara del Santísimo. Todo por el miedo. Criado por u n a s viejas rezander a s y supersticiosas, tenía encajado en los sesos todo u n mundo de aparecidos, brujas, duendes, trasgos y visiones, que en ouan I j. j cerraba la noche no le dejaba sosegar. El señor cura, santo varón entrado en años y de u n a gordura sólo comparable á la longitud del sacristán, predicábale sin fruto acerca de estos pueriles miedos t a n ajenos al ministerio que ejercía. P a r a acabar d e tranquilizarle y hacer q u e afrontase el imaginario misterio y por sí mismo se desengañara, le había dicho m u c h a s vei- es: -Manolito; cuando te parezca que ves u n a cosa de esas, párate, haz la señal de la cruz y acércate, verás como es u n papel revoloteando ó u n tia 0 negro ó una tabla sobro la pared, como la otra noche. Y cuitndo fríamente, sin que te quede duda, veas algo, avísame, que á cualquier hora que sea iré contigo y h a r é el exorcismo m á s a p r e m i a n t e que haya, dejándote linipio de sustos y visiones el ordinario camino de t u s menesteres. Pero en 1. 1, irj: i- j Tiin iiMpicvas y espantijos que, si n o caen mal 1 f i j -ii. i. iir li 1 i- i criado, pegan como argolla de mar 1 i: i i r: n- -d ¡i- ii! c- en persona tan larga y crecedera como i l.i I r. 1, i j 1 i.i- j i I i s í para este solo caso, dígote que quod prius non fuerit insensu- Amén! -respondió Manolito creyendo que se trataba de alguna oración. Y quedaron en eso. Llegó el m e s de Animas, dichoso mes que entra con Todos- San toa y sale con San Andrés y, aquí te quiero ver, escopeta; mejor dicho, espingarda, pí que se t r a t a de Manolito. Los responsos, novenarios, contemplaciones, paños negros con cada calfver: como u n celemín; el movimiento de campanas, blandones, cera é incienso y las visitas á la t r e m e n d a bóveda, enterramiento de clérigos so el altar mayor, tenían á Manolito tan encrespado, nervioso y avispadillo, que de su s o m b r a huía. Dos ó tres veces tuvo de cierto que alguien de aquel m u n d o fantástico se le aparecía, y hasta hizo cosas que no son para dichas; que al miedo y la enfermedad todo es permitido, y más en la soledad. Pero no se decidió á llamar al señor cura porque ninguna prueba plena podía entregarle. H a y que considerar que p a r a el toque de Animas no entraba en la iglesia: abría la puertecilla del corralón trasero, entraba en aquel espacio negro lleno de ortigas y oti as siniestras plantas, y bajo la bóveda del campanario cogía las cuerdas pendientes, y tan, tan, tocaba volviendo la cara atrás, porque en u n ángulo del corralón estaba el carnero, el m o n t ó n secular de huesos h u m a n o s que las mondas en la iglesia, en tiempos en que allí se enterraba, o habían formado poco á poco. E s sabido que toda la brujería venía al carnero á machacar huesos p a r a sus u n t u r a s misteriosas. U n a noche, al acercarse el sacristán para meter la llave en su sitio, abrir la puerta y d a r las campanadas, oyó un siniestro chasquido que le dejó helado. Repitióse el son de lado adentro con el aditamento al chas, chas, de u n refregadero de hierro sobre la piedra, bien así como si afilasen algún truculento alfanje en los umbrales de mármol. Ahora no tenía duda: las brujas machacaban huesos y refregaban quién sabe qué conden a d a s a r m a s j u n t o á la puerta del fúnebre corralillo. Manolito sintió que todo el pelo, que no era escaso por dicha suya, se le iba subiendo hasta sostener en vilo el mal gorrillo que le tapaba los no bien seguros cascos, y u n frío mortal le corría por las mandíbulas, que