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és Mf FRAGMENTO PRIMERO DEL POEMA INÉDITO L A K O V E L A D E MI V I D A OR fin estamos solos, vida mía. Ya la Iglesia pagó el postrer tributaá tu memoria y ultimó sus preces; ya los deudos y amigos te lloraron, y tras sentidas frases de consuelo, se alejan de mi lado silenciosos; y todos ya, rendido su homenaje, se h u n d e n en la vorágine del mundo para seguir luchando por la vida con incesante afán. jYa estamos solosi ¡Mejorl ¡Mucho mejor! Silencio y calma mi acongojado espíritu apetece para que n a d a turbe tu recuerdo, para que corra el contenido llanto sin que lo atajen voces ni miradas, y en los hondos abismos de mi pena pueda mejor el alma sepultarse. P Y en coloquio ideal, íntimo, mudo pasaremos los dos estas veladas del riguroso invierno; y tú, alma mía, escuchando mi acento estremecido, te hallarás menos triste y menos sola. ¡Sola! ¡Sola! ¡Qué horrible pensamiento! Tú que en la soledad nunca viviste y el silencio y la sombra aborrecías, ¡por siempre sola y p a r a siempre muda! Tal idea m e punza y me atormenta y á mí se aferra con tenaz encono. Me dice la razón que esto es locura, desvarío engendrado por la fiebre ¡y vuelvo á delirar! Y m e figuro que, aprisionada en su sepulcro estrecho, dándose cuenta está de su abandono y tiembla de pavor; y el ángel mío mirará con espanto en torno suyo, y querrá huir buscando sol y espacio, y á mí m e llamará cual tantas noches que la agitó siniestra pesadilla; y yo no estoy allí para calmarla, y mis frases y besos ya no pueden disipar su temor ¡y acaso llora creyéndose olvidada ya de todos ella que á todos tanto y tanto quiso! No temas, no, que yo estoy á tu lado; mi alma vela t u sueño cuidadosa y está llena de ti! ¡Yo no te olvido! ¡Ven junto á mi! ¡Desecha tus terrores! ¡Contra la muerte misma te defiende mi inextinguible amor! ¡Ah! ¡Quién t u v i e r a la soberana inspiración del genio para escribir canciones inmortales haciéndote inmortal! ¡Oh, qué alegría! ¡Sacarte de la nada en donde duermes y arrancar del olvido tu memoria y matar á la muerte y victorioso darte vida sin fin! ¡Sombra querida, mi humilde musa tan glorioso triunfo no puede ambicionar! Fero yo, en cambio, tengo u n m u n d o de amor y de t e r n u i a guardado p a r a ti. Mis pobres versos tú hallarás, como siempre, por ser míos, más que ningunos dulces y armoniosos. Reclinada en mi pecho t u cabeza, pendiente de mis ojos y mis labios, trémula de emoción, cual otras veces, mi voz escucharás; y las estrofas que m e inspiró tu candida hermosura, las m á s tiernas, más íntimas y amantes, aquellas que yo sé que preferías, susurraré de nuevo en t u s oídos; ¡y otras también, más tristes, más amargas que irán entrecortadas per siliozos y ahora me arranca la enlutada musa de helado aliento y de mirar sin brillo! Mas no quiero, mi bien, acongojarte; hablemos del pasado, de otros días que m á s alegres ¡ay! por siempre huyeron. CÁíTDiDO n n z MARTÍNEZ Así como el amor busca el misterio, el dolor también tiene su egoísmo, y púdico y discreto se recata temiendo que profanen su pureza los que n o participan de sus hieles. ¿Hieles dije? Ko tal. ¡Cuánta dulzura encuentra el desdichado qiie solloza saboreando sus lágrimas amargas, hundiéndose el puñal más en la herida, comparando su mísero presente con las horas m á s dulces del pasado, y retorciendo su alma lacerada que evoca sin cesar al ser querido y se agita rabiosa en su imf otencia y quiere, desprendiéndose del mundo sumirse en el no sor! ¡Sólo el cuitado que á sus labios llevó tan triste cáliz, comprenderá el placer que nos produce apurar de la copa hasta las hece? Por eso, amado bien, contigo á solas quiero vivir y hablar; sólo contigo. ¡Tengo ya tantas cosas que decirte, tengo ya tantas penas que contarte, que tú tan sólo puedes comprenderme y tú sola podrás dariue consuelo! ¿Qué importa que la muerte aborrecida, marchitando las rosas de tus labios, á perpetuo silencio te condene? ¿Cuándo necesité que tú m e hablaras para ver de tu pecho en lo profundo y adivinar los nobles pensamientos de tu espíritu abierto y candoroso? Tu alma era espejo fiel y t r a n s p a r e n t e que la emoción de mi alma reflejaba; tuyos eran mis goces y alegrías, tuyas mis inquietudes y tristezas; ¿qué importa que la t u m b a nos separe y tu voz no acaricie mis oídos? yo sé lo que t e admira y te conmueve, yo sé lo que te apena y te seduce, y al hablar con t u imagen, siempre viva, p a r a arrancarle risas ó sollozos, ¡yo sé bien lo que tengo que decirle y sé también lo que h a de contestarme! T mvo